reflexiones

7 sigue adelante cuando tengas miedo

hace unas semanas estuve trabajando para comenzar con una nueva temporada de viajes y conferencias, y recordé cómo me sentía hace años, cuando estaba en una situación de cambio similar

inestable. con dudas. perdiendo mi centro continuamente

me di cuenta, sin embargo, de que había integrado el principio de valentía, el de salir a la vida y arriesgarme, por haberlo llevado hasta el tercer nivel del cambio; ¿conoces los tres niveles?

el primero es el del entendimiento: es el nivel básico, el comienzo de toda consciencia, referido a la adopción de nuevos esquemas; es el nivel de cuando aprendes algo nuevo

el segundo es el de la comprensión: a medida que un nuevo entendimiento se asocia con diferentes registros, cuando lo conectas con pensamientos y recuerdos y comprendes su mecánica, tiendes a repetirlo y observarlo desde diferentes ángulos. es la forma de comprender algo

el tercero y definitivo es el de la integración: cuando una comprensión se ha repetido y transformado en hábito, se integra en el cuerpo psicofísico. hábitos como seguir una dieta, entrenar para una competición o tener pensamientos positivos se integran de forma física, en el cuerpo [al que buda llamó el ojo]; es la razón por la que hablé de ese aspecto más físico en mi trabajo con el yoga

esto, repetir una faceta hasta integrarla en el cuerpo, es lo que me ha ayudado en los momentos más difíciles, y precisamente uno de mis once principios, el sexto, déjate llevar, lo aprendí de esa forma: repitiendo situaciones en las que me enfrentaba al miedo

hoy quería rescatarte un capítulo que quizás te ayude a comprender qué hacer cuando sientas miedo

tal y como le pasa a mucha gente que rompe con su vida porque despierta a las mentiras que le rodea, yo desperté y quise vivir algo diferente; de mi viaje a china quería contarte la mañana que viví subiendo la montaña del tao; escribí aquel capítulo en encuentra tu expresión, pero para resumir: había llegado a chendu la noche anterior, a un pueblo apenas sin luz eléctrica; estaba cansado, añoraba mi ciudad, sentía angustia por estar a miles de kilómetros de todo, desorientado, teniendo que confiar en mí sin ser capaz de hacerlo…

iba a recibir una buena lección para bendecir el suelo que pisaba

te dejo con mi libro y este capítulo tan especial para mí:

«lo cierto es que los viajes nunca son como uno los planifica, y pasar un par de malas noches en un albergue, sentirse indispuesto por alguna comida picante, estar cubierto de picaduras de insectos, o tener la cabeza puesta en otros sitios u otras personas, es lo que hace que eso que parecía tan bonito en las fotos del catálogo se vuelva triste y opaco, un espacio que atora por su inmensidad

una existencia que no parece alegrarse de que hayas llegado

así estaba yo en aquel húmedo y sombrío hotel de chendu, contemplando a través de los ventanales un día tan gris como mi ánimo. suspiré, revisé la ropa que me pondría, cogí el cortavientos por si llovía, lo volví a dejar. lo cogí de nuevo, lo metí en mi bolso de mano… no, no me hará falta; lo saqué de nuevo. y, a la tercera, decidí llevar conmigo el cortavientos. creo recordar que desayuné pan con mermelada, y salí de allí ante la atónita mirada de los recepcionistas del hotel. hasta el momento no me había encontrado ni a un solo extranjero y no me extrañó que el gesto de los lugareños fuera de curiosidad, pero me inquietaba el hecho de que la montaña del tao no fuese tan recomendable como yo creía

salí a la calle, noté ese golpe de calor húmedo, compré un par de botellines de agua y subí andando hasta la entrada a qingchen, el reclamo de ese pequeño y rústico pueblo chino. allí estaba el arco a la majestuosa montaña del tao. escalones perfectos, bellos paisajes kársticos, templos… y, al fin, un poco de sol. todo empezaba a respirar con otro aire. y comencé mi subida

los primeros cuatrocientos escalones eran amplios, había espacio para caminar entre ellos, bien montados y protegidos de la naturaleza por perfectas barandillas que serpenteaban hacia la cumbre. se cruzaban en mi camino familias enteras de chinos sonrientes, y aquello me animó a no sentirme tan solo. me sentía en una especie de camino de santiago versión chinesca, con personas disfrutando del aire libre, de una religión que tiene miles de años de antigüedad y, por supuesto, de sus cámaras fotográficas. seguí subiendo escalones, quinientos, seiscientos. un anciano me pidió las botellas de agua de plástico, ya vacías, que reciclaba ante el paso de los turistas. encontré otros puestos de agua y seguí avanzando

hacia la primera hora de subida mi ropa estaba absolutamente empapada en sudor. las piernas me temblaban en algún escarpado punto de esos treinta y seis picos de qingchen, y visto un templo vistos todos: las paradas cada vez eran menos necesarias, y hacía lo que el resto de personas hacía. subir, avanzar, escalar, seguir adelante

seguir adelante

uno de los templos me atrajo por su silencio. por su karma estático. varillas de sándalo perfumaban aquella planicie, y alguien me obligó a hacer un par de fotografías de rodillas, para no profanar una especie de mausoleo en miniatura. salí a los escalones, respiré, miré hacia abajo, entre la tupida estepa y divisé algunas cimas kársticas coronadas por enormes y algodonadas nubes

embriagado de belleza, respiré una vez más ese sándalo, me enjugué el sudor y decidí seguir avanzando

antes de comenzar a andar, me encontré con un alemán que compartía conmigo la pasión por estos lugares tan peculiares y llenos de magia. me hubiera gustado cruzar alguna que otra palabra pero él decidió no seguir avanzando a pie y tomar el teleférico. y yo, tan dado a vivir intensamente lo que me rodea, jamás me perdonaría subirme en una cabina de acero y cristal

o sí…

la subida comenzó a complicarse. algunos niños que iban con sus padres bajaban con dificultad esos escarpados escalones, cada vez más irregulares y apiñados, y las barandillas adornadas con bellos símbolos habían dejado paso al metal, al muro de piedra recio, y a la cada vez más imposible subida. mi forma física empezaba a flaquear, y la humedad ambiental no me ayudaba demasiado, así que tenía que descansar cada vez con más frecuencia, prácticamente ahogado por la subida

dos mil, dos mil quinientos escalones. y el frío. y la niebla. el aire abandonó la tibieza y me encontré con el frío. suerte que guardé el cortavientos. me lo puse, tan naranja y tan llamativo, desentonando por completo con el entorno, pero no creo que importase mucho mi aspecto en ese momento. se cruzó, de nuevo, el anciano que reciclaba las botellas (¿cómo lo ha hecho? lo encontré en la bajada, ¿me ha adelantado sin darme cuenta? ¿habría tomado el teleférico?). proseguí la subida

un escalofrío recorrió mi cuerpo. no sé si fue una reacción anterior o posterior a aquella gran explosión en el cielo. fue un trueno, tan desgarrador, poderoso y cercano que quedé paralizado

si alguien me hubiera hecho una foto en ese momento, mi gesto lo hubiera dicho todo. me quedé petrificado, incapaz de seguir andando. jamás le había tenido miedo a la tormenta, siempre me había atraído, me sentía seducido por ese momento lleno de energía, pero aquel impacto me atenazó. ¿y si uno de esos rayos me caía a mí directamente? seguí subiendo, quizás con más ligereza, y con más desaliento al ver que la poca gente que quedaba, abriendo sus paraguas, bajaba rápidamente los escalones para ponerse a refugio. el agua comenzó a bajar del cielo como una cascada. subí otro repecho de escaleras, aminoré el paso, miré hacia atrás, vi que no había nadie detrás de mí y volví a acelerar con una nueva zancada hacia el siguiente tramo de escaleras

el único que corría escaleras arriba era yo

llovía, llovía demasiado, y yo me sentía intrépido y estúpido al mismo tiempo. ¿por qué corría, cada vez más fuerte, contra el aire y la lluvia? ¿qué pretendía alcanzar? ya estaba todo visto, ¿qué quería conseguir? ¿algún poder divino? ¿luchar contra el guardián de la última fase del videojuego? cada vez más intrépido y más estúpido

un nuevo trueno, partiendo el cielo por la mitad. mis puños cerrados, mis pasos veloces, mi respiración agitada. otro trueno, cerré los ojos y emití un grito ahogado. seguía corriendo

a unos quinientos metros de la cumbre la niebla apenas dejaba divisar más allá de cincuenta metros; allí no había un alma. el frío se intensificó y la lluvia era un auténtico torrente que hizo que me resbalara un par de veces. más truenos, cada vez más agresivos, más llenos de rabia e ira, tan cerca de mí que me reventaban los tímpanos y me hacían sentir diminuto. las gotas caían heladas del cielo, y sólo mis pies estaban a salvo del agua gracias a las botas de montaña que tanto me costaba arrastrar en cada paso. me sentía como en otra de esas maratones insalvables, pero tenía un agravante: el miedo. miedo a la soledad, miedo a estar lejos de mi casa, miedo a lo desconocido, miedo al frío, miedo a no tener ayuda de nadie, miedo a tener un accidente, a no saber si seguir adelante o retroceder, miedo a que mi familia estuviera en otra parte del mundo, seguramente durmiendo, ajenos a ese caudal de agua gélida que yo escupía a cada paso como podía. miedo al miedo. pero, a pesar de todo, seguía adelante

apreté los dientes y los puños, y seguí subiendo, casi a punto de llorar. ahora entiendo esa lección que michael jordan, en otra de sus magníficas frases, dejó en el mundo: «me di cuenta de que si quería lograr algo en la vida, debía ser agresivo. tenia que buscarlo. sé que el miedo es un obstáculo para muchas personas, pero para mi es una ilusión»

a pocos metros del templo de la cumbre, mis manos estaban agrietadas, tenía amoratados los labios, y apenas contaba con mucha fuerza para seguir avanzando. jamás había sentido ese miedo, jamás estaba tan atrapado por el pánico a la nada, al vacío, a la muerte. todo aquel panorama turístico se había convertido en un peregrinaje de color gris, cubierto de hielo, proyectado en montañas que dibujaban enfermizas aristas contra el cielo. me sentía un fantasma cambiando de escenario a cámara lenta, manteniendo un halo de calor como podía

pero no podía más

divisé una pequeña casa donde alguien, desde dentro, daba golpes con un cazo de metal a la puerta, alertando a las pocas personas que corrían bajo ese torrente de agua. suspiré aliviado y corrí hacia la puerta. cuando entré sólo vi caras de circunstancias. aquello no debía de ser muy normal, había gente que parecía asustada y los niños, cariacontecidos y con las cejas enarcadas, me miraban llenos de curiosidad. no era para menos: había transformado un plástico que encontré por el camino en un improvisado chubasquero, llevaba un pantalón corto y un estrambótico cortavientos de color naranja. y mi cámara, mis libros de viaje y mis voluminosas botas de montaña a bordo de una bolsa de plástico atada a mi cinturón. los niños gritaron, entre asustados y divertidos, con un nuevo trueno. los padres intentaban, sin éxito, comunicarse a través de sus teléfonos móviles. y allí estuve aproximadamente tres cuartos de hora charlando con los niños, haciéndome fotos con los mayores, esperando a que aquella lluvia parase

cuando salimos, el tiempo no había mejorado mucho, pero al menos no había agua ni tormenta. el aire era aún más violento que unos metros más abajo. dejé atrás el cobertizo, aceleré mis pasos, me acerqué al templo, hice una pequeña ofrenda en agradecimiento a aquella experiencia, y el mismo chico que me ayudó a orientarme en aquel tramo final me fotografió junto a un gran pináculo en el que había inscrito un lema. no me preocupé mucho por saber qué significaba; simplemente me hice la fotografía, me abracé a las personas que nos habíamos ayudado a superar el escollo, y bajé tan deprisa como mis piernas pudieron. una bajada tan repetitiva e infinita que aún creo estar allí, bajando escaleras. el tiempo fue mejorando en la bajada, la niebla desapareció, y volvió a mi rostro esa tibia y húmeda brisa propia del trópico

estaba de vuelta en casa. a ocho mil kilómetros de mi hogar, pero con la sensación de estar en casa

unas semanas más tarde, celebrando mi vigésimo noveno cumpleaños en una eterna espera en el aeropuerto de pekín, conocí a yuan he, una chica que viajaba con su madre a suiza. a pesar de mi fatiga y de tener más interés en darme un baño y comerme una fabada asturiana que de iniciar un romance oriental, supongo que sentimos atracción el uno por el otro. ayudé a su madre con un par de bolsas con cerámicas para evitar que les cobraran por exceso de equipaje y en el avión de vuelta, en un cuasi romántico y nocturno vuelo cruzando europa, hablamos de su vida y de la mía, le conté cosas de mi viaje y le enseñe algunas de las fotos que había tomado. al llegar a la foto del pináculo de qingchen le pedí que me tradujera su significado. ¿qué quería decir aquello que había escrito en esa mole de piedra que habita en la cumbre de la montaña del tao?

yuan me dijo que el mensaje de aquel tesoro, que guardo como una de las vivencias más intensas de mi vida, era: «de las cinco montañas, esta es la más sagrada de toda china»

para mí, lejos de sacras experiencias, fue la montaña que me enseñó el por qué hay que seguir hacia delante cuando aparece el miedo”

y este fue el capítulo donde hablé del miedo. ese episodio de mi vida, no sé muy bien si una gran aventura o una gran estupidez, que en cualquier caso me puso en contacto con el desafío de no saber cómo seguir ni por qué hacerlo

hablé algo más sobre todo esto en el vídeo de abandona el nido, te lo dejo aquí:

quería recordarte, con todo esto, que el miedo, siempre drama, es el ingrediente perfecto para hacerte fuerte. sin el acicate del miedo, sin ese impulso visceral, el más humano de todos, sería imposible que vivas tu gran hazaña personal

mucha fuerza para estos dias
y haz siempre lo que te dé miedo hacer 🙋‍♂️

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