Steve Jobs: el Vacío de Apple

La tecnología no es nada.
Lo importante es que si tienes fe en las personas,
que son básicamente buenas e inteligentes,
y les das herramientas,
harán cosas increíbles con ellas.

Steve Jobs

 


A mediados de 2009 di el paso definitivo en mi desarrollo tecnológico, y tras 16 años utilizando Windows como usuario y profesional, me pasé a Mac. Estaba muy contento… Pero a la 
semana quería llevar aquel pequeño Mac Mini a la tienda, y pedir el dinero de vuelta.

¿Qué es eso de que la tecnología no era nada? ¿Qué era aquello de la simplicidad? ¿Qué había pasado con mi escritorio, mi forma de trabajar, mi forma de pensar?

Voy a contarte cómo y por qué Steve Jobs me ayudó a evolucionar a través de sus creaciones tecnológicas.

Y te voy a explicar por qué también te está ocurriendo a ti, ahora, mientras lees esto.

Mediados de 2009, como digo. Llegué a casa ilusionado, instalé aquel pequeño Mac Mini y sentí lo mismo que, meses atrás, al sostener en mis manos el iPod nano de mi hermana, me atrajo hacia Apple. Era algo especial. Había renegado de los productos de la manzana [mordida] durante mi vida como periodista informático… Pero había llegado el punto de inflexión.

Comenzó para mí una etapa donde mirar a una pantalla se convertía en un acto de contemplación del silencio.

 

Mi primera Mirada Interior vía hardware

Cuando saqué el Mac de la caja, lo enchufé, y pulsé el botón de encender… Fue extraño. El escritorio de mi ordenador vibraba en una inquietante calma, tensa únicamente por mis esquemas. Por lo que yo esperaba encontrar. 

Observaba, perplejo, cómo el ruido de las cosas normales ya no estaba allí. Todo eso que tanto me gustaba hacer, conocer los funcionamientos, cambiar los formatos, abrir la máquina, instalar aplicaciones pirata, juegos, crackeos, parcheos… nada de eso tenía ya importancia.

No podía configurar mi ordenador, de la misma forma que no podía configurar mi lavadora, pero comprendí algo vital: ése no era mi trabajo. Trabajar con las tripas de una máquina, tal y como permite un sistema como Androidme ponía a la altura de los maquinistas del Titanic. Cacharrear me hacía pasar más tiempo entre fogones echando leña, que tomando un té, sintiéndome rico y dichoso, disfrutando de las vistas al mar.

Y es que durante años fuimos eso: obreros. Microsoft lanzaba sistemas operativos llenos de errores e incompatibilidades de todo tipo, y los usuarios, cientos de millones de personas, nos preocupábamos por ser sus empleados gratuitos.

Éramos beta-testers, y nos gustaba. Asombrábamos a nuestros familiares, amigos y vecinos con nuestros conocimientos de informática. Éramos capaces de reparar ordenadores.

Y lo hacíamos gratis.

Sabíamos por qué y cómo formatear un disco duro, cuándo desfragmentarlo, para qué liberar RAM, qué hacer en caso de pérdida… Pero ocupados de tanta maquinaria nos convertimos en esclavos de la máquina; muchas horas de juventud se fueron con mi 386, mi Pentium, Mi Pentium 4

Perdí la cuenta de las innumerables modificaciones en las que trabajé. Y ése fue el juego de Steve Jobs: crear la máquina perfecta, sin errores.

Steve Jobs, ese genio descaradamente irresistible, un flechazo en muchos corazones, jugó a ser su propia fuente de energía diseñando un legado que cambiaría la dirección de todos los efectos del planeta.

 

El sacrificio por la causa

Jobs forjó un proyecto hacia una existencia mucho más pura y armoniosa, hacia la visión de occidente como el encuentro con el Ser y no con el otro. Ser piscivegetariano “por conciencia” tal y como él recalcaba en las preguntas que le hacía al respecto de su alimentación Walter Isaacson, su biógrafo, era para no hacer daño a otros seres similares, práctica esencial de un budista.

Jobs era eso, budista confeso.

Fue un obsesivo e implacable monje, en un particular monasterio budista: Apple. El espacio donde prima el orden y la sencillez.

La ausencia y el silencio.

Sin embargo, hasta que ese sueño se materializó, el centro de Apple en Cupertino, California, tuvo un duro cascarón: el desorden de un garaje. El creador más perfeccionista, neurótico y arrebatador de la historia, seductor de primer nivel en los más altos cachés del cine, la música y la televisión, aprendió a saber lo que quería evitando lo que no quería, en un garaje, cubierto con cajas con la estampa de frágil.

Todos deberíamos aprender eso, a jugar, a perseguir un sueño desde niños, y mantenernos en él. Seguir jugando, a pesar del dolor.

Juega todos los días de tu vida

Allí, dentro de su sueño, Jobs fue un dios que dejó de jugar para la maquinaria e hizo que la maquinaria jugase para él. Fue de las primeras personas que nos enseñó, como hizo Roger Penrose, que las máquinas deben servir a nuestro propósito, a nuestros ideales, a contemplar un atardecer en el mar…

Esa misma razón, el estar por encima de la materia, fue lo que hizo a Steve prescindir de formas. También para vestirse: pidió a Issey Miyake que le confeccionara un pantalón vaquero y un suéter negro de cuello alto, y le encargó decenas de piezas idénticas. Y así le vimos vestido durante años.

El hábito, a veces, sí hace al monje.

El imponente monje del silencio consiguió dominar a todo su exterior. Lo que llamamos excentricidades, todas a la altura de un dios en la Tierra como tomar un jet privado hasta Japón, celebrar el cumpleaños de su hija Lisa en el restaurante más caro de Tokio, y volver a casa en el mismo día era una rutina de la que prescindía: podía hacer esto por Lisa, la hija de la que renegó siendo joven —repitiendo el error por el que culpaba a sus padres— pero podía pasar días, semanas, meses viviendo como un pobre sin importarle perder el dinero tal y como le ocurrió con NeXT.

El Vacío que experimentó Jobs en su búsqueda de la perfección, la Muerte, la pérdida, el desarraigo de su propio cuerpo que le condujo a la decrepitud a los 56 años de edad, forzó al genio, de los más sublimes de la historia, a crear sin tiempo.

A tener una fecha tope para todo.

Jobs forzó la torsión del espacio-tiempo para crear más con menos. Era lo que sus propios empleados llamaban el campo de distorsión. Jobs hizo rotar el planeta desde su eje, realizando un sacrificio personal por una buena causa: cambiar el curso de la historia.

Aquellas palabras de Jobs hacia su mujer, convencido de que sus hijos “algún día entenderían por qué su padre hizo lo que hizo”, le ponían muy a la altura de su idolatrado Bob Dylan, con quien navegó espiritualmente a través de aquel dicho: “he hecho zapatos para todas las personas menos para mí”Y es que Jobs, para cambiar la historia, supo estar por encima de las personas y más allá de ellas.

Persuadió a sus intrépidos compañeros de sueño para que se sacrificaran por la misma causa: elevarnos. Impulsarnos hacia adelante. Y mientras Jobs se sacrificaba por una causa, la de dar zapatos a todos, iluminar a los demás cuando aún trabajaba en su propia iluminación, se validaba la alegoría cuando paseaba descalzo por la hierba del campus, junto a grandes directivos a los que enriquecía con sus ideas, evidenciando al Jobs más humano.

Algunos siguen sin conocer al hombre, sólo al mito, y reniegan de su camino que, a fin de cuentas, fue el de cumplir un sueño; me extraña ver proyectadas sobre él edulcoradas versiones del ocaso del héroe, algunas trasnochadas y demasiado románticas; el otro día leía una supuesta carta que escribió antes de su muerte, cargada de una infantil nostalgia, en la que un herido y pusilánime Steve Jobs hablaba de lo innecesarias que habían sido sus riquezas.

Aquello olía fatal.

No tenía nada que ver con Steve, porque Steve jamás trabajó para acumular riquezas. Steve Jobs, de hecho, siempre fue pobre, tanto en la Universidad, en Standford, por donde aprendió a caminar descalzo con los pies ennegrecidos, como en India, donde conoció la más absoluta pobreza y su primera conexión con el Vacío: la Muerte que resucita.


Si Resuenas conmigo,
eres parte de mi sueño

Jobs, sin ningún interés por el rigor académico, se entretenía con estúpidos pasatiempos como estudiar caligrafía, o acudir a los templos de los hare khrisna para poder comer.

Steve Jobs vivió así, pobre y ocioso, hasta que encontró la forma de no vivir dependiendo de los demás, y que los demás dependieran de él. Ser la llama, no la polilla; por eso, tras un tiempo trabajando para Atari, el gigante de los videojuegos en los años 70, lanzó todo por la borda y se dio a vivir como un pobre. Pudo no hacerlo, pero seguramente Resonaba con aquel entrañable dicho de Picasso: “quiero ser rico para tener la tranquilidad de los pobres”.

La llamada del Vacío, la llamada del que no tiene nada que perder, tocó la puerta de Jobs. La llamada del que se siente seguro de quién es y de todo lo que puede llegar a soportar. Lo que sea con tal de Resonar con la madre Reina del Hormiguero, el Centro donde todo muere y todo nace.

El agujero negro de la galaxia.
Morir por la Causa que te da la Vida.

Steve Jobs se aferró a la idea de que lo de fuera debía servir a sus propósitos, y por eso puso a prueba constante la validez del sueño que vivían sus trabajadores; llegó a despedir a empleados en un ascensor, tras un asfixiante interrogatorio a 30 centímetros de la cara, con preguntas del tipo: “¿que es Apple para ti?”, “¿por qué eres tú alguien mejor que los demás?”, “¿qué aportas diferente al resto?”

Él mismo lo decía: “no vivas el sueño de otros”. Si no lo vives, abandona. Vive tu propio sueño. ¿Acaso en Apple alguien sueña su propio sueño? Bueno, ser parte del motor creativo que mueve al resto de la humanidad y dejar una huella en el Universo es un gran sueño por el que sentir la pasión.

No mueras en el sueño por no estar viviéndolo.
Lárgate si no sientes la misma pasión que yo.

Esto fue lo que hizo grande a Apple. Y con creces, por encima de General Motors o Coca-Cola. Esfuerzos inhumanos de miles de personas convirtieron un simple garaje en la primera empresa en cotización bursátil del mundo. Y de la historia. Hablar tan sólo de su dinero en cash, unos 85.000 millones de euros, sobra.

Igual que le sobraba a Steve Jobs.


El Momentum en el que surgió
el Vacío de Apple

Quien piense que Jobs era un capitalista no le conoce, no ha comprendido su verdadera esencia o reniega de su propio camino proyectado en el genio.

Por supuesto que a Jobs no le importaba el dinero: hablaba del departamento financiero como “un mal necesario” y jamás pensaba en cifras.

Nunca hablaba de reportes de ventas, ni hojas de cálculo. Odiaba Excel y PowerPoint.

Vivió toda su vida en una humilde casa de cuatro dormitorios, dos plantas, cocina, garaje y pequeño jardín. Como la inmensa mayoría de estadounidenses. Sin guardaespaldas ni cámaras de seguridad.

Sentirse imperfecto, tal y como le infirió el trauma de su adopción, convirtió a este Ser en el creador de la mayor perfección tecnológica de la historia. Y todo en tiempos de libertad espiritual, flirteando con psicoactivos como la marihuana, e iluminándose con canciones de Bob Dylan en sus largos paseos hippies en furgoneta…

Aquellas experiencias de búsqueda del espíritu y no de la forma, búsqueda de la esencia y no del dinero, forjaron AppleEl bocado a la existencia. Un bocado que habla de la Expresión, aquello que se define como la forma en que le quitas energía a la Vida para que tu consciencia siga encendida iluminando a otros.

Steve Jobs mordió la manzana. Tomó aquellas medicinas que le salvaron de las fiebres que tuvo en India, y comprendió el valor de la Muerte, de lo cual se habla muy tímidamente en su obra biográfica. El chamán que le cuidó le instruiría durante semanas en todas aquellas teorías sobre el interior del Ser que también aprendió Nikola Tesla con Swami Vivekananda. Steve comprendería, en aquellos momentos, la ilusión del Vacío y la obtención de energía de la Nada.

El Momentum.

 

La Muerte. Ahí empieza todo

Cuando todo se desequilibra y la Nada invade la existencia, una Luz se enciende, se prende. Se activa. Cuando el dolor de una enfermedad roza la Inexistencia, surge de nuevo la Existencia. El concepto de Inexistencia no es más que un concepto residual, producto del miedo a la Muerte. Es decir sólo sabemos de la Nada cuando estamos en el Todo, sólo pensamos en Muerte cuando sentimos la Vida, de igual forma que sólo sabemos que estábamos soñando al despertar.

Jobs, tras aquel agónico episodio en India, comprendió la esencia natural de las cosas. Supo que la Muerte era “el mejor invento de la Vida. Ahora encajaban aquellas experiencias místicas, todos aquellos nirvanas y épicos vuelos con el LSD, completando el puzzle. El impulsor de las comunicaciones, la informática doméstica, la música y la animación por ordenador, para quien tomar LSD era “una de las tres cosas más importantes de su vida”, comprendía la Muerte como creadora.

El poder del Vacío como el Ser creador.
La Nada absoluta que crea la Luz.
La Vida creadora, superviviente. Inagotable.
Como él mismo.

Volvió de India y creó, entonces, desde la Nada, desde un garaje, todo un imperio. Lo construyó con demasiada prisa y demasiada ira, y fue destituido. De su propia empresa.

Se llevó aquella visión del Vacío, aquel Centro del Todo dirigiendo a todo a NeXT. El sueño del último maestro que inauguraría en esos años, con sus creaciones, la Era de la Consciencia.

 

Estar en el Centro de Todo
Y por qué cuesta

Un año después de que Jobs muriese, el Ciclo también lo hacía. Comenzaba otro nuevo, el 21 de diciembre de 2012. Apenas cinco años más tarde, a finales de 2016Steve habrá materializado en la Tierra ese anillo, el centro de creaciones donde la exigencia en niveles de perfección hace que te avergüences de no dar lo mejor de ti.

Apple Campus 2016

Nadie en Apple falta al respeto a los demás. Se pone demasiado empeño en dar lo mejor de uno mismo como para echar a perder el trabajo de otros aportando al conjunto algo sin valor.

Aquel inmenso centro budista, formado por veinte mil personas entre diseñadores, ingenieros, artistas, creativos y visionarios (siendo casi 100.000 el total de empleados en todo el mundo), personas a quienes no les importa el dinero porque sólo trabajan por y para el producto, eran las piezas que Jobs utilizó para crear “el mejor sitio para trabajar”No para vivir despreocupado si tu sueño no es la perfección milimétrica, desde luego.

La perfección, la exigencia y, presumiblemente, altos niveles de ansiedad, son una constante en Apple.

En un espacio sin tiempo como Apple debes enfocarte en la perfección, obsesivamente, por encima de cualquier forma externa. Nada de lo creado importa, y por eso Apple no contempla crear museos. Como en un templo budista, todos los mandalas creados se borran.

Todo evoluciona y todo muere. Y nada queda.

Para Jobs, como para toda energía en su centro, lo infinitamente valioso de la creación de hoy, será un mero recuerdo mañana. De ahí su premeditada obsolescencia programada en la que el software, el mundo de las ideas, hace que el mundo del hardware se someta al ritmo frenético del progreso. Las formas al servicio de las ideas. Lo que importa en los cuartos del Cupertino es el software. Las formas deben respetar el software, haciendo que sus interfaces se integren más y más en nuestras vidas.

A día de hoy, y las órdenes son cada vez más complejas, basta decir: “Siri, despiértame a las ocho y media”, y Siri te despertará a las ocho y media. Cero interfaz. El software integrado en el ser humano, conduciéndonos hacia el inevitable transhumanismo, el que seguirá creando su hijo inmerso ya en estudios de biotecnología.

 

El bocado a la existencia

Las formas provienen de lo humano, así que las cosas deben ser bellas, pero fluctuantes. Las formas siempre responden a ideas, así que si las ideas se practican sobre las mismas formas, las ideas se enquistan. Esa es la idea. Jobs asemejaba esta idea a los surcos de un disco de vinilo, que con cada paso de la aguja se hacen más y más profundos.

Cambiar de ideas provoca que el dispositivo deje de ser interesante en un par de años, que se convierta en una pieza de museo —inexistente por otro lado—. A Apple no le interesa el recuerdo, sino el presente. No le interesa la forma por la que la comunicación fluye, sino la forma en la que fluye. Interesa cómo se comporta tu Ser reflejado en una máquina artificial, cómo es tu personalidad fluctuando con un sistema de Apple.

Todo sistema Apple, recordémoslo, está creado en torno a la idea del Vacío, al bocado en la manzana. Porque, obviamente, Apple no es “manzana”; de hecho, al decir “Apple” estamos evocando necesariamente aquello por lo que no es manzana: su bocado.

No se trata de una alegoría de la Biblia, sino del bocado a la existencia, dado justo antes de llegar a la locura. Temer a la Oscuridad, agarrarse a la Vida, encender la LuzY hacia eso converge su sistema operativo, creado desde el Vacío, desde el cuidado obsesivo de cada uno de los detalles del sistema, hasta el punto de supervisar cada icono con lupas de escritorio.

El sueño de Jobs era navegar hacia la Luz huyendo de las formas. Y para encontrar la máxima perfección es necesario creer que el Centro del Universo no puede ser imperfecto. Sus ojos, los mismos ojos con los que Dios mira a la humanidad, los que también tú tienes, son los ojos con los que Jobs supervisó cada uno de los aspectos funcionales de su cerebro, proyectado previamente en Pixar, el actual corazón de Disney.

Un corazón creado desde el Centro de Todo, que suma éxito tras éxito con sus animaciones por ordenador, siendo Toy Story el referente ganador de un Oscar que inauguró una nueva era en la industria.

Una vez aprendió a hacerlo con Pixar, lo llevó consigo en su vuelta a una malograda Apple al borde de la ruina. Y la transformó, partiendo desde la premisa de estar en el Centro de Todo. Percibir el resto como una proyección de la propia mente.

Ser la Reina del Hormiguero.

Apple, entonces, se convirtió para muchos en un imperio del miedo. Para otros, en un espacio donde cientos, miles de energías pululaban a su alrededor, todos a la misma danza, la danza de Shakti que saca a Shiva de su letargo para comenzar con la Creación.

 

El anillo como ejemplo de Unidad

Jobs recreó con su trabajo el paradigma de nuestra energía danzante animada por una vibración infinita, Resonante con la Nada, y la proyectó físicamente en una estación de trabajo ultra secreta, la segunda más hermética y misteriosa del mundo después del Pentágono.

En su interior, él mismo, ahora Cook, la Reina en cualquier caso, dicta su visión y sacrifica a sus obreros, a los que lanza a la Vida para proyectarse en ave; todos en Apple aspiran a ser el Centro de la existencia creadora, a la cual todos adoran, a ese Dios que mora en el centro de su mundo y cuya visión todos acogen; es inevitable pensarlo: Apple rezuma rasgos de una inquietante secta.

Se acabó todo ese rollo jovial de Silicon Valley, de ingenieros montando en patín y jugando al futbolín: en Apple se trabaja bajo una infinita presión, en ocasiones literalmente panóptica. En sus instalaciones hay restaurantes, servicios de fisioterapia, salas de descanso… sí. Pero no son necesarias para personas que no están ahí por sus egos, sino por los demás.

La vida monacal de Apple exige concentración, sin distracciones. Danzas al mismo ritmo, al unísono, iluminando la consciencia de Apple, elevando su frecuencia. Unificando los innumerables caminos de las formas en una sola forma.

Todo viaje ascendente, en espiral, es hacia la Nada, hacia la Estrella del Árbol de Navidad, el Ojo de la Pirámide desde donde un Dios, Steve Jobs en este caso, en ausencia de forma, se Observa a sí mismo. Y ese ascenso, ese acto meditativo gracias a la concentración , esa frecuencia de vibración elevada que hace destacar a Apple de su competencia, es una vibración elevada hacia el punto donde todo se une, que es la mente del Dios, la Reina del Hormiguero, quien pide y se le da.

Esa es la razón por la que sufrimos lentamente la pérdida de las formas, la muerte de las personas, y el minimalismo en las ciudades. En Apple esto se traduce como skeumorfismo, esa transición desde el patrón cuadriculado por formas heredadas, hasta el patrón donde se fluye hacia la Nada, hacia la libertad de formas lista para estrenar por cualquiera.  

El premio es la iluminación, así que Apple sigue persiguiendo ese dharma inalcanzable, la Luz, la simplicidad, la misma que luce en el exterior de sus cajas, con una foto del producto y su manzana [mordida]. Al caminar hacia esa absoluta simplicidad, brota un infinito camino que aumenta en progresión geométrica, y que vuelve más y más simples las cosas, Resonancias todas de nuestros patrones mentales interconectándose, Resonancias de las estrellas de la Vía Láctea vibrando en la misma longitud de onda.

Pueblos del Universo que se conocen.

Este pueblo, la Tierra, ya ha empezado a elevar su frecuencia creando herramientas tecnológicas cada vez más simples y únicas. Antes llevábamos teléfono, cámara de fotos, PDA y MP3. Ahora convergen todos los automatismos en la Unidad. En un iPhone, por ejemplo, tan fácil de usar que hasta los niños pequeños pellizcan toda foto que ven, para aumentarla.

Vamos hacia la simplicidad en el pensamiento humano como unificador de la orden. Algo así como Steve Jobs diciendo: “quiero un nuevo auricular”, y unos días más tarde tener cinco prototipos diseñados en polímero, tiempos precisos de ejecución y, por supuesto, su siempre odiada previsión de gastos.

La simplicidad de Steve Jobs se basaba en un único fundamento: convertirse en creador. Pensar y crear. Impulsar a la raza humana a acelerar su capacidad creadora. Y esa es la instrucción que quería plasmar en sus máquinas, creadas de momento por personas: crear. Ser el Creador.

Para llegar a esa simplicidad donde el pensamiento, acelerado a través de la tecnología, aporte una creación instantánea, como la instantánea programación del despertador de Siri al escuchar nuestra voz, Apple trabaja día y noche.

Pérdida de skeumorfismo

 

En el espacio creado por Jobs, las formas convergen, se pierden los conceptos anquilosados en el pasado, y lo que antes era una estantería de madera en iBooks, muta hacia un simple fondo neutro. Y todo en una tirada de dados con el lanzamiento de iOS7, el sistema operativo de sus dispositivos móviles con el que millones de personas comparten su vida en el Internet de las Cosas.

Por este motivo, por el enfoque constante en la Unidad, en la convergencia, en el Uno ante Todo, puede hacer que el premio al logo más sencillo −ostentado según Risto Mejide por la cruz de la iglesia cristiana−, sea para ese bocado a la Vida, el logo de Apple, ese que despierta el morbo de lo desconocido.

 

Practicando la visión
de un Dios en la Tierra

Ese bocado, el Vacío que existe en el centro de su nuevo campus, ese gran anillo diseñado por Norman Foster, contiene el ADN de Jobs; su cerebro, su consciencia, su forma de pensar, de gestionar y departamentar su proyecto, todo está allí. Cristalizado en la cultura de la empresa, dictando las normas hacia el círculo perfecto, la simplicidad total.

Esta nueva estructura no es tan solo, como decía Jobs, “el edificio de oficinas más moderno y respetuoso con el medio ambiente”. Es algo más. Allí se han codificado sus conductas, se han cristalizado sus patrones, vibrantes en una gigante estructura de corte alienígena, por donde discurren datos materializados en parametrizaciones casi poéticas, que dan vida a dispositivos electrónicos sin los que ya no sabemos vivir.

Llevamos dispositivos contagiados por la búsqueda de la sencillez, la de Apple: el primer iPhone revolucionó a los fabricantes, que pasaron una larga temporada (aún hoy, 2016, sigue el empuje) creando sus teléfonos con carcasa negra, cristal frontal y botón principal, algo que a Samsung no le salió barato en los tribunales.

Pero es lógico, ¿quién va a resistirse a la tentación de la sencillez? A lo oculto y fascinante, al secreto que revela lo que somos? Jobs siempre ser refería al mismo misterio, el que esconde la Muerte. Aquel tercer, último, y quizás profético discurso en Standford sobre la Muerte hablaba de la pérdida para elevar la frecuencia de vibración. De cómo superar el drama de la muerte física, de cómo tragar con ser despedido de tu propia empresa, el trauma de repetir el error de tus padres al negar a tu propia hija, Lisa.

Perder en la Vida y levantarnos, nos permite sentir esa elevación de frecuencia. Perder las formas, los conceptos, dejar de pensar que éramos quienes fuimos, es lo que nos permite crecer. Morir en vida, nos reconstruye para rediseña. Y eso hizo Jobs, dando ejemplo al ser firme para cumplir el sueño que tenía en mente: enfrentarse a un mundo intoxicado, corrompido en sus formas.

Él lo llamaba el eje del Mal. Así pensaba de Google y Microsoft. Quizás Steve tuviera razón: Google se afana, con su don’t be evil, en maquillar la situación, pero resulta que vivimos en una sociedad creada desde la corrupción en los gobiernos, desde el crimen organizado a gran escala. Todo se desarrolla por intereses políticos, todo se crea desde un Todo distorsionado. La cuestión es, ¿cómo voy jugar el juego del Todo, sin ser evil, malvado, como el resto? Tarea difícil. Pero, por el contrario, ¿cómo voy a participar en este mundo renegando de mis formas? Pues como no sé hacerlo, tampoco.

Y así, Google, en contra de su decálogo, es un poco evil: entre otras muchas polémicas sobre su cesión de datos al gobierno, recortó las propiedades de su buscador para entrar en el próspero mercado chino, adaptándose a las corrompidas formas de su régimen dictatorial.

Decía Khrisnamurti que “no es un signo de buena salud el estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma”. Y Google y Microsoft hacen lo imposible por adaptarse: son plataformas abiertas que se adaptan o intentan adaptarse a las personas. Crean sistemas abiertos, para todos, que todos pueden abrir y modificar, contaminando toda máquina, todo sistema, por las formas externas, por necesidades externas creadas por corporatocracias, por gobiernos oligarcas del miedo que viven de someter a las personas. Queremos soluciones para perder el miedo que genera esta sociedad, e intentamos, inútilmente, buscar soluciones a las herramientas adaptadas al gobierno.

Aún siendo de utilidad infinita, ¿qué es Google Maps sino el soporte digital de todos los comercios del planeta? Google y Microsoft se intoxican poco a poco de una sociedad perdida, consumista y sometida. Por eso, más vez en cuando de lo que parece, los fabricantes vuelven siempre a la vista hacia Apple para imitar su factura. Copian.

Aunque después no les salga un Steve Jobs, precisamente.

Jobs nunca copió a nadie. Tuvo su visión, un encuentro con su Centro, y desde ese Vacío, creó. Desde la idea del Ser que piensa y Crea al instante, comenzó a diseñar. Así es como un líder se hace, a través de una visión que no necesita de otras formas. En pleno auge de la Nintendo DS, Steve tomó una que había sobre la mesa de reuniones y preguntó: ¿qué es esto?

Ausente y silente, Ser Creador recluido en su monasterio. Sin importarle las formas del exterior, las que tanto rechazaba:

Todos recordamos cómo, en 2007, Jobs rompió con los patrones humanos, con la burocracia con su primer iPhone. Rompió con las formas arquetípicas. Fue la creación estrella de Steve.

Esta ruptura con lo anterior es el paradigma de Apple: las formas no ejercen poder. Apple ejerce poder sobre las formas. No es el cuerpo lo que ejerce el poder sobre la mente, sino la mente sobre el cuerpo. Pensamiento zen, puro y duro.

Por eso Apple no obedece órdenes de nadie: ellos pueden cambiar el logo de las empresas con las que colaboran, y ponerlo en gris para que luzca bien junto al suyo, pero lo contrario jamás ocurre. Nadie está autorizado a cambiar de color de AppleY esto me hace ver que no existe, al menos no de forma tan notoria, empresa alguna que domine al resto de la misma forma.

Jobs vivió así, dominando su mente, confinado en un sueño, despertando a su Ser Superior, el que tú y que yo somos. Se sintió Dios, lo comprendió, y supo que el mundo que vivía era una simple forma fluctuante, una Ilusión mental.

Es el mismo motivo por el que Apple no hace encuestas a sus usuarios, porque los trata como espejos. ¿Quién querría hacer preguntas a espejos, además de una aletargada Blancanieves?

Preguntar a los demás es no saber de ti, es dar más importancia al cuerpo que a la mente, algo que hacen empresas líderes del mercado, infectadas desde la raíz hasta las puntas por el desorden, la falta de equilibrio y los conceptos.

Esa intoxicación por el exterior es la razón por la que Google cambia sus colores dependiendo de una democratizada elección global, y también la razón por la que cambian constantemente sus logos, servicios y lemas. Google tiene unos 20 años de historia. Apple dobla esa cifra, 40. Y con Steve siempre trabajó igual.

No es necesario cambiar, porque el Vacío, la idea principal, es Una y siempre la misma

Los usuarios de Google, sin embargo, cambian y contaminan la tecnología. Todos esos que Google necesita para inocularles los servicios de las corporaciones que le sostienen, que somos todos, son los que dictan las normasEn Apple, sin embargo, las normas se dictan desde dentro.

Apple hace productos para sí misma, no para el cliente. Jobs, Cook, Ive, todos, crean para ellos mismos, no para la gente. Jobs, sobre esto, decía que Henry Ford, el fabricante de automóviles, jamás preguntó a la gente qué quería para ir más rápido, porque le hubiera contestado que “lo mejor sería tener otro caballo”.

Pocas personas se tienen como un Dios, básicamente porque está mal visto. Quererse a uno mismo, sentirse capaz de crear, sea a través de la tecnología o sin ella, es poco menos que un delito. Sin embargo, sentirse un Dios es estar en el camino del éxito. Se preguntaría Ford: ¿cómo desea vivir un dios en la Tierra? ¿Cómo desea viajar, en caballo o en coche?

Ésa es la visión que Jobs nos quiso dejar sobre la Vida, esa forma de ser como Dios, como la Reina del Hormiguero, con todo un barco de lujo funcionando a pleno pulmón para ti.

Jobs, por tanto, olvidó las formas externas. Sacrificó el exterior para conseguir la excelencia. Miraba a través del objeto para percibir su esencia. Y esa visión, impresa en la energía de sus productos, tenderá constantemente hacia la simplicidad. Y llegará a ser, quizás en seis u ocho años, en simples impulsos de Luz transmitidos entre consciencias.

Ésa es la fuerza de torsión que Jobs, en su misión mesiánica, quiso dejar para todos.

 

Piensa diferente
Lo que ves es tuyo, y sirve a tu propósito

Steve marcó un antes y un después en nuestra civilización. Generó una potente torsión hacia la simplicidad, hacia el Centro.

Trabajó en una meditación constante sobre el Vacío y las formas que brotan de él. Vivió con una persistente concentración, ya que para él lo peor era “la distracción”Esa visión del Vacío, de la simplicidad, ha cambiado el juego de bando. Ahora no hay ingenieros diciendo que los de diseño hagan una caja para sus procesadores. Son los artistas de diseño los que les dicen a los ingenieros cómo deben ser las formas.

Empezamos, todos, a vivir por encima de las formas.
Todos, hasta los más pequeños, pellizcamos las pantallas haciendo que se pongan a nuestro servicio.
Un paso más en nuestra concepción divina.

Apple seguirá adelante con el legado inmortal de Jobs: evangelizar a la humanidad con su think different: no utilices lo de siempre, porque está intoxicado. Olvida las formas. Las formas son efímeras. Se destruyen. Se pierden. A veces aparecen dibujadas con un bocado, pero todas te enquistan en el pasado.

Prescinde de las formas porque tus actos, los que no se ven pero dejan un bocado, una huella en el Universo, son lo verdaderamente valioso.

Por eso, olvida lo de antes. Piensa diferente. Sáltate las reglas.

Gracias a la obsesiva visión del primer budista de la tecnología, los seres humanos, todos nosotros, centros del planeta y fuerzas de Torsión, viramos desde 1976 hacia la simplicidad. El año en el que se fundó de Apple, coincidente con mi fecha de nacimiento, será para siempre una fecha especial.

Hace 40 años apareció una huella en el Universo alrededor de la cual gira hoy día casi todo; el Ser que impulsó decisivamente a toda la Humanidad nos ha brindado una apertura hacia el Punto Cero. Nos ha regalado la clave para disfrutar de la existencia por encima de las formas, para dar prioridad al mensaje que escribimos y no a la herramienta con la que lo hacemos.

Tras su muerte, por supuesto, ha quedado un inmenso Vacío. Un Vacío que sigue vivo en sus creaciones, pequeños campos cuánticos, agujeros negros, que llevan la firma del creador.  Vivimos, de hecho, rodeados de Resonancias creadas por un artista maestro..

Una de esas creaciones es mi ya muy viejo iMac: la bicicleta con la que mi cerebro se ejercita, equilibra su longitud de onda y concentra mi atención en el detalle; con él he creado una nueva etapa en mi vida.

Por todo esto, creo firmemente que el trabajo de un artista me ayuda diariamente a sentir que soy la consciencia que se posa en el detalle. Siendo que soy yo quien mueve a la máquina por dentro… sin necesidad de ser la máquina.

Gracias, Steve, por permitirme experimentar con tus creaciones esa energía que existe en el Centro del Punto Cero, y crear. Ese Centro donde todo surge, donde mágicamente existimos por toda la Eternidad.

Que el Vacío nos haga crecer 😄🙏💜

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