Si compites, te separas

La ilusión de la separación, el yo aquí y el tú separado de mí, es la consecuencia del pensamiento racional, el pensamiento masculino dominado por el hemisferio izquierdo. Es el paradigma de nuestra sociedad, lo que explica las dinámicas de competición constante que anegan nuestras posibilidades.

Competimos, básicamente, porque nos sentimos separados de los demás. Creemos que las energías de los otros, los de esa pareja que nos quiere o abandona, los de ese jefe que nos contrata o despide, los de esa familia que nos acoge o nos destierra son energías ajenas a la propia, energías por las que debemos luchar y sufrir, básicamente porque nuestros sentidos humanos las conciben como separadas del Ser.

Luchamos por una percepción limitada que nos impide sentir la consciencia unitaria, la consciencia que Observa a través de cada ente del Universo.

Nada está separado. Todo es un reflejo, un escenario vibrante generado por la conciencia, por la fluctuación de los patrones neurales que forman el cerebro; todo cuanto vemos es una ilusión generada por la mente, un sueño, independientemente de la frecuencia en que esté creado, donde cada persona, situación y cosa es una manifestación de la propia mente.

Un escenario donde todo cuanto se ve es uno mismo, densificado, materializado, en diferentes energías.

La competición por tanto, sería algo así como pedir dinero a la persona que vemos frente al espejo. Esperar que el otro nos dé lo que nos falta, cuando el otro es un reflejo de uno mismo.

 

La carrera del espermatozoide
Sin competición desde el origen

Nuestra educación, absolutamente parametrizada y racional, ha hecho mucho hincapié en esta imagen: la del espejo como energía separada, la de esos compitiendo contra mí, arquetipo que se filtra entre las grietas de nuestros orígenes con la figura del espermatozoide como inagotable figura alfa, luchando contra todos y pese a todo.

Una lucha para alcanzar a la Gran Madre, esa inmensa energía toroidal que representa el óvulo materno.

La ciencia, sin embargo, desmiente esta arcaica visión de la Vida, la de la competición; el microscopio electrónico nos revela la gran Verdad: el espermatozoide no lucha, colabora. El espermatozoide suma sus fuerzas a las del resto para obrar el milagro de la Vida.

Quinientos millones de espermatozoides, las células más pequeñas del ser humano, incansables portadoras de los 23 cromosomas de la genética masculina, impulsan su propósito gracias a la reserva energética de las mitocondrias de su cola. 

Veinte mil coletazos les harán avanzar, durante horas, sorteando los obstáculos del cervix y los intrincados conductos de la Trompa de Falopio, para llegar hasta el óvulo, el Punto Cero.

El preciado tesoro.

El Punto Cero de la Creación

Los dos sexos, fieles reproducciones de la deconstrucción polarizada del Universo, hacen converger sus líneas de fuerza toroidales en su Centro, donde tendrá lugar la Creación; los espermatozoides, apenas unos pocos cientos, alentados por esa fuerza invisible e irresistible que emana del óvulo, llegarán hasta su corteza e intentarán penetrar en su interior.

En ese momento, se obrará el milagro: las colas de todos los espermatozoides, en un ciego empeño por inyectar el delicado elixir genético que contiene el acrosoma, crearán una suave rotación del óvulo en el sentido de la rotación terrestre; un lento centrifugado, una bella danza cósmica propiciada por todas esas colas, ínfimas fuerzas colaborativas, que harán que una pequeña estrella, el óvulo, gire en el centro del firmamento femenino.

Si compites, te separas 

Cuando el espermatozoide, gracias a la ayuda de sus aliados, penetre en el núcleo, la pared del óvulo cambiará su posición química para impedir el paso de los demás. La Vida, entonces, se constituirá como una obra global, suma de todos y cada uno de los que auparon el tesoro hasta el Centro para hacerlo florecer.

Desde el origen, con esa bella coreografía de los espermatozoides haciendo girar al óvulo para cumplir con el sagrado cometido de fusionar al Padre y a la Madre, no hay competición alguna. Los espermatozoides no compiten, no miran hacia los lados para hacer algo más que su vecino. Tan solo fluyen, se dejan llevar, hacen su trabajo, cumplen con su misión.

Si los espermatozoides compitiesen, pelearían entre ellos, anulándose. Destruyéndose. Por el contrario, los espermatozoides se impulsan gracias al torrente de Vida que les envuelve.

¿Qué conseguimos entonces al competir? Anular a otros y anularnos a nosotros mismos. Impedir que aflore el tesoro que llevamos en nuestro interior. El reconocimiento, la aprobación social, dar validez a la visión racional de la Vida genera autoexigencia y lucha, nos desconecta del propósito divino, nos hace sentir que somos lo que jamás fuimos.

Si piensas que tu propósito no es válido, si crees que estás a la cola de todos los demás, mira detrás de ti. Tienes tu propia cola, tu propia fuerza impulsora, la misma que te hace respirar.

Portas Vida, al igual que todos los demás, das fuerza a la misión de la Existencia, finalidad de cada una de las energías que Resuena ante ti y a través de ti.

Decidas lo que decidas, por tanto, no decides. Todo es una ilusión. Tú eres el Todo reflejado en infinitas frecuencias, persiguiendo la misma Causa: Ser el Uno. Por tanto, no luches. No compitas. Haz lo que sientas que debes hacer, porque estás donde debes estar.

Ninguna decisión humana, de acción e inacción, es ajena al propósito de la Vida.

No importa lo que hagas así que, sencillamente, Fluye. Como un espermatozoide, hacia donde sientas lo que te sientas atraído hacer o no hacer, no importa qué.

El Omniverso está decidiendo lo que ahora mismo crees decidir. Eres una herramienta, un instrumento, la célula de un gran Ser, reflejo de la galaxia que hace florecer tu consciencia. No estás separado de nada ni nadie, cada uno de tus actos representa lo que la Vida necesita de ti. Es la Vida actuando a través de ti, para crear belleza y Felicidad a tu paso. Por eso, libérate.

No tienes que hacer más que lo que haces.

Feliz viaje hasta el Centro 🙏

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