La paz mundial funciona con electricidad

El sol de un nuevo día reinaba sobre aquel pueblo en mitad de la nada; Tahír y su hermano me sonrieron, y se dirigieron corriendo hacia el pozo cercano a su casa.

Debían ser las diez de la mañana de aquel caluroso día en el pueblo de Datia, en el estado indio de Madhya Pradesh. Era 3 de abril de 2004, y el autobús que partía hacia Varanashi, anciano y remoto fin de mi primer viaje por el país eterno, me esperaba en aquella polvorienta calle.

Ya en mi asiento y con la cámara preparada, no dejé de observar a aquellos enérgicos chicos bombeando el pozo, sacando cubos de agua que el hermano pequeño de Tahír se apresuraba a llevar a la casa, quizás para preparar el baño de su anciana abuela.

Entonces me hice una pregunta que no ha dejado de Resonar en mi mente en los últimos nueve años, y que encubre un complejo entramado de intereses gubernamentales: ¿por qué aquella gente no podía disponer de agua canalizada como yo?

Tahír nació en el seno de una humilde familia india. Huérfano de padre y al cargo de sus dos hermanos pequeños, se ocupaba de labores hoy día totalmente mecanizadas en Occidente.

Mientras recorría con mi mirada su afanoso trabajo extrayendo agua del pozo, me percaté de que la pequeña nevera que había a la entrada de la casa se alimentaba por un pequeño y ruidoso generador eléctrico aparcado junto a la puerta.

Alcé la vista: no había postes de electricidad, los unicos instalados se encontraban en el mercado, cientos de metros más abajo.

Mi visión occidental y, por qué no decirlo, bastante ignorante por aquel año 2004, me impidió pensar en las razones de por qué privar a estas personas de un suministro de electricidad capaz de bombear agua potable hasta el interior de la casa, por no hablar de la alimentación de la pequeña nevera o de un posible televisor que no encontré en aquel rústico paraje indio.

La respuesta se encontraba distante en el tiempo y en el espacio: a 5.956 kilómetros lejos de allí, en Smillan, Croacia, y 147 años, 8 meses y 24 días antes de aquel evento alojado en mi memoria para siempre, nació el hombre capaz de haber dado la vuelta a aquella situación: Nikola Tesla, el hombre que iluminó al mundo con sus ideas, el verdadero padre de la electricidad.

Un incomprendido y desconocido genio de nuestra era.

En el preciso instante en el que arrancó el autobús y perdí de vista la sonrisa de Tahír, quizás para siempre, el telescopio Hubble, suspendido a 593 km. sobre el nivel del mar y mirando hacia el espacio profundo, capturaba un débil y amarillento punto: la explosión de una Supernova llamada SN 2004dg, perteneciente a NGC 5806, una galaxia espiral en la constelación Virgo situada a unos 80 millones de años luz de la Tierra.

Una galaxia cuyo Centro, como el Centro de cualquier entidad fractal del Universo, se comporta como un agujero negro supermasivo que atrae grandes cantidades de materia de sus alrededores inmediatos, con materia en dinámica espiral que calienta su Centro y emite radiación de gran alcance.

Antes de que Nikola Tesla supiera algo de este tipo de radiación cósmica emitida por Supernovas, que no son sino estrellas que explotan al final de su vida, ya había inventado numerosos dispositivos de gran utilidad. Pero fue en 1891 cuando patentó la base para la transmisión inalámbrica de corriente eléctrica.

Energía inalámbrica. Electricidad sin cables.

En 1934, Tesla fue entrevistado en The Times y, convencido de que era posible obtener energía “conectándose a la verdadera fuente de la Naturaleza”, estudió las posibilidades del radiómetro de Crookes, un molinillo de luz inventado por Sir William Crookes consistente en cuatro brazos que sostienen cada uno un álabe en sus extremos, pintados de blanco un lado y de negro el otro, y encerrados en una esfera de vidrio con un vacío no total, que rotan al ser expuestos a la Luz.

Tras esto, afirmó: “espero vivir el tiempo suficiente hasta ser capaz de colocar un aparato en esta habitación, que se ponga en marcha con la energía de los medios que se mueven a nuestro alrededor”.

Y, entonces, cometió su gran error: poco amigo del capitalismo, de efímeros nombramientos y premios honoríficos, y deseoso de que sus inventos fueran puestos a servicio de la humanidad, afirmó públicamente haber inventado un motor de rayos cósmicos que sería “mil veces más poderoso que el radiómetro de Crooke.

Tras estas declaraciones y hasta 1943, Nikola Tesla pasó nueve años viviendo en la más absoluta pobreza, pese a haber sido discípulo y empleado de Edison (quien le despidió al ver amenazado su trabajo), reconocido para Premio Nobel y haber inundado la Oficina de Patentes norteamericana con 278 descubrimientos. La razón: un gobierno que comenzaba a planificar una estrategia consumista para el siglo venidero no podía dejar que la genialidad de Tesla brindara energía libre a un mundo en vías de desarrollo.

Por esto, se ridiculizó deliberadamente la figura de Nikola Tesla, y se mantuvieron en secreto unas patentes que “actuaban en detrimento de la seguridad nacional”, condenándole al ostracismo y a la ignominia.

Uno de los mayores genios de la humanidad se acabaría convirtiendo en un absoluto desconocido para generaciones posteriores.

¿Qué intereses buscaban ocultar el maravilloso legado de Tesla? Aquellos capaces de enfrentar la fascinación del científico por la energía cósmica, la energía procedente del Punto Cero, la fuerza antigravitatoria (también llamada el orgón), contra el debate científico, y ser arrojado en manos de la argumentación metafísica y espiritual.

¿Energía saliendo de la Nada?
¡Quién iba a creer semejante estupidez!

Las ideas de Tesla se volatilizaron gracias a la agresiva campaña de John Pierpont Morgan, la persona que financiaba sus proyectos: cuando vio amenazado su negocio en auge retiró todas las ayudas que daba a Tesla, y potenció su monopolio de instalación de postes de electricidad.

Sí… aquellos postes que podrían llevar la vida a Tahír y su familia, pero su costosa instalación quedó en manos de unas cuantas empresas. Los mismos postes que Tesla tenía pensado eliminar al haber descubierto una forma de crear energía a partir de la Nada.

Desde entonces y hasta el final de sus días comenzó el menosprecio público de la figura de Tesla, aprovechando su fama mundial. Posteriormente, durante la llegada de los científicos nazis en 1942 y de la obtención de archivos secretos de guerra mediante la Operación Paperclip, oficiales de la Base de la Fuerza Aérea Wright-Patterson tomaron posesión de todos los documentos y materiales de Tesla, y los clasificaron como secretos del más alto nivel.

En 1943 su laboratorio fue desmantelado y su contenido, equivalente a un vagón de ferrocarril lleno de materiales, fue confiscado por el gobierno, desapareciendo toneladas de notas, documentos, dibujos, planos y veinte cajas con su material de investigación.

Otros científicos como Thomas Henry Moray prosiguieron con el estudio del fenómeno de la energía radiante. Sin embargo, pese a que nadie fue capaz de demostrar un posible fraude, las patentes no fueron concedidas o se anularon deliberadamente, y todos los inventos, incluso aquellos que investigaron de cerca el tema OVNI (ya que la energía libre explicaba a la perfección el funcionamiento de vehículos aéreos gracias a la energía toroidal) fueron olvidados sistemáticamente por la sociedad racional.

Esa misma sociedad racional es la que, hoy día, en todo enlace de Internet concerniente a a la energía libre emite juicios del tipo “es estúpido, si esto fuera posible ya habría ingenieros del gobierno trabajando en ello”.

Para todos aquellos que enarbolan tal sapiencia, un pequeño apunte: ¿cree alguien que una petrolera como Ecopetrol, que hoy, a fecha de 2013, acaba de constituirse como la reina en valor bursátil de todo Latinoamérica con 129.500 millones de dólares, estaría dispuesta a ver arruinado su negocio por un invento capaz de funcionar ininterrumpidamente, sin ningún tipo de combustión o fuerza externa?

La ignorancia es el peor de todos los males, y el sentido común… el menos común de los sentidos.

Efectivamente, ésa es la jugada de los gobiernos para mantener en pie la sociedad de ego y consumo en la que vivimos, tal y como expone en este fragmento del documental Thrive y que te recomiendo vivamente:

A raíz de las investigaciones iniciadas por Tesla sobre la radiación cósmica —la que emite el Centro, el Vacío de una Supernova—, miles de personas desarrollaron, casi siempre de forma clandestina, sus propios motores de energía libre. Motores retroalimentados que, una vez puestos en marcha, producen energía para mantenerse activos y cuyo excedente puede ser aprovechado para alimentar otros dispositivos:

Por supuesto, a todos los que creemos en las inmensas posibilidades del Universo, en la Energía que parte de la Nada (que constituye el eje de mi libro, La última prisiΩn), a los cientos de creadores de energía libre que luchan contra el ridículo, a los comunicadores de los medios de prensa censurados por superiores como Jordi Évole; a todos los que creemos en un mundo mejor, un mundo donde nuestros automóviles circulen sin depender de combustibles fósiles, donde nuestras casas se alimenten a través de la energía del Universo; a todos los que creemos en un planeta que debió conectarse a una fuente de energía libre a mediados del siglo XX… a todos estos y aquellos se nos tilda de “magufos”, locos o conspiranoicos.

Nosotros, los que intentamos abrir puertas al debate y al cuestionamiento de lo que existe, debemos soportar las insufribles y obsoletas retahílas explicativas de científicos que no están sino adulterados por una educación manipulada por un gobierno oligarca, haciendo que sus mentes cerradas sigan reflejando la finitud de sus pensamientos, totalmente estériles, buscando el techo del Universo.

Afortunadamente la Verdad se impone por sí misma, y el verdadero Cambio, la paz mundial, necesita conectarse cuanto antes a una fuente de energía gratuita, limpia e ilimitada para encontrarnos, quizás dentro de pocos años, con otros mundos fuera de este planeta.

Un pensamiento en “La paz mundial funciona con electricidad”

Tu comentario, aquí. Consultas, sólo en Encuentros.