El camino de las zarzas

“Quien quisiera que el hombre
no conociera el dolor,
evitaría al mismo tiempo
el conocimiento del placer
y reduciría al mismo hombre a la nada.”

Michel de Montaigne

Hablo habitualmente del camino de las zarzas, y creo que es interesante saber a qué me refiero.

Utilizo esta metáfora en mi libro ¿Sabes por qué te han dejado? y en muchos otros mensajes por una anécdota que me ocurrió siendo niño: tendría unos diez años, veraneaba en Miraflores de la Sierra, y serían las ocho de la tarde de algún caluroso día de agosto.

Teníamos que volver a casa, y al valiente de la pandilla se le ocurrió cruzar un gran parcela que, durante mucho tiempo, fue propiedad de una familia rica.

Saltamos el muro de piedra, atravesamos la casa abandonada, llegamos al jardín desde el piso de arriba y… sorpresa: aquello estaba plagado de zarzamoras.

Plagado.

Empezó a oscurecer y a nadie se le ocurría cómo salir del atolladero. Al más goloso del grupo le dio por comer moras mientras pensábamos qué hacer. Al flojo le dio por llorar. Al más miedoso dar gritos para que nos salvaran. Y al valiente, adentrarse en la maleza, dando palos a las zarzas.

Parece que le devolvieron el gesto: su ropa acabó enredada en las espinas, y su cuerpo lleno de heridas.

Todos empezamos a sentir ese miedo que se apodera de un niño que está lejos de casa, metido en una situación donde la prisa y la falta de ideas no ayudan a encontrar la salida. Se nos ocurrió entonces, y no sé muy bien cómo, turnarnos para abrir camino. Mientras uno lo abría, otros pasaban por debajo de sus piernas, y el primero que pasaba por debajo se encargaba de abrir camino para que, nuevamente, siguieran avanzando los que estaban más atrás.

El truco no nos salvó de los arañazos, los enganchones, las camisetas destrozadas y algún que otro corte con más sangre de la que el flojo quería ver.

Un verdadero show.

Por supuesto, al llegar a casa nos cayó una buena, pero comprendí la metáfora, lo que era verdaderamente el camino de las zarzas: un lugar al que es preferible no caer, en el que es inevitable herirse, pero que todo el mundo debería conocer para, al menos, tomar experiencia y saber cómo salir de él.

Experimentar el dolor es experimentar la parte que más rechazas de ti y, por tanto, ese Yin opuesto al Yang, esa parte que rechazas de la Vida que acabas atrayendo, con la que Resuenas, para aprender a ser Uno con la parte que te complementa.

Si algún día caes en el camino de las zarzas, o ya estás en él: enhorabuena. Nada te salvará de los arañazos, seguro que los enganchones echarán a perder mucha de tu ropa, pero tu experiencia de aceptación, por dura que sea, será tan vital y eterna que Resonará en los corazones de todas las personas que habitamos este planeta para siempre.

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