Cuando los demás tienen la culpa de tus problemas

“A quien amigos tiene por millones
ninguno sobrará;
el que tan sólo un enemigo cuenta
por doquier lo encontrará.”
Ralph Waldo Emerson

 

El problema no es el el entorno sino tu percepción. Y sé que lo fácil sería leer un par de pautas para evitar ciertas situaciones o ciertas personas, pero hay algo irrefutable y objetivo que es que el sol sale igual para todos, y somos las personas las que cambiamos el mundo a nuestro antojo.

Tu cabeza viaja contigo. Lo que encuentras aquí, allí estará. Por eso, las mismas personas que no te agradan pueden ser personas empáticas y valiosas para otros, lo que hace que tu juicio carezca de valor, ya que ninguna valoración es objetiva sino subjetiva y, por tanto, los problemas con tu entorno están relacionados contigo.

Te cuento una fábula oriental sobre esto:

Había una vez un pueblo, tranquilo y apacible, en cuya plaza se reunían los ancianos del lugar a conversar y reír todas las mañanas. Charlaban plácidamente hasta la hora de comer.

Un buen día, uno de los ancianos divisó a un forastero, alguien a quien nunca habían visto, acercarse al pueblo. Cuando llegó a la mitad de la plaza el forastero miró a los ancianos, miró a su alrededor, se acerco a uno de ellos y le dijo:

– Hola buen hombre… ¿qué lugar es este?
– Un lugar lejano para ti, por lo que deduzco
– Así es… llevo… no sé, llevo unos diez días viajando
– ¿Y por qué has viajado tantos días, forastero? -preguntó el anciano.
– Necesitaba trabajar. -El hombre hizo una mueca, miró a un lado y prosiguió- Es una lástima haber dejado a mi gente en mi tierra… Estarán preocupados por mí… pero necesito trabajar y llevar dinero a casa. Lo cierto es que echo mucho de menos a mi familia y amigos.
– ¿Por qué? -indagó el anciano.
– Porque todos ellos son gente maravillosa. Mi familia, mis hijos, mis compañeros; la gente del pueblo es encantadora.
– Entonces -afirmó el anciano asintiendo con una leve sonrisa-, has tenido suerte de llegar a un sitio que es igual a tu tierra.

El resto de ancianos y algunos lugareños también sonrieron, dando la razón esas palabras.

Al cabo de un tiempo, los ancianos se extrañaron porque otro extranjero llegaba a sus tierras. Era otro hombre distinto. Era curioso recibir otra nueva visita.

El hombre llegó hasta ellos y les dijo:

– Hola…
– Hola -respondió el anciano-, ¿vienes de lejos?
– Sí… vengo de muy lejos.
– Y… ¿por qué has viajado hasta aquí?
– Porque… bueno… mis tierras no son un buen lugar para vivir. Mi gente… tuve problemas con mi familia, llegué a tener una gran pelea con mi socio en el trabajo. La gente suele ser bastante dañina con uno en aquel lugar… Y he pasado los últimos dos años con problemas con la autoridad. Quiero irme lejos de aquel pueblo en el que todo se ha convertido en un infierno que me hace la vida imposible.
– Ya… pero… -el anciano negó con la cabeza levemente- … siento decirte, forastero, que has tenido mala suerte, ya que has llegado a un lugar en el que todo es exactamente igual que en tus tierras. Lo mejor es que sigas tu camino, porque aquí sólo encontrarás los mismos problemas.

El forastero, refunfuñando, se fue. Los lugareños, extrañados, preguntaron al anciano:

– Pero… ¿por qué le has dicho eso? Estas tierras son pacíficas, ¡y su gente muy noble!
– Lo son para vosotros, que Amáis esta tierra y a su gente. Él no es así.

Sinceramente, te puedo ayudar, pero debes echar el ego a un lado y dejar de buscar culpables. Todo existe en tu mente. Todo lo que ves, eres tú…

Creo que te puede ayudar suscribirte a mi Guía, aquí.

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