Conectados astrológicamente con el Universo

“El nacimiento de la ciencia
fue la muerte de la superstición.”
Thomas Henry Huxley

 

Durante siglos, la astrología era la única ciencia de la que se sirvieron antiguas civilizaciones para determinar el comportamiento de la Vida. A partir del movimiento de los astros, de la posición de las constelaciones en el firmamento, un conocimiento de miles de años se acumuló en polvorientos pergaminos guiando los pasos de remotas, ahora extrañas civilizaciones, hacia su evolución, quizás fuera de este planeta.

Por supuesto, la llegada de la era de Piscis, previa a la esperada Era de Acuario y relacionada con el imperio de la iglesia católica con aquella parábola de los panes y los peces, sumió en un profundo y oscuro sueño a la humanidad, relegando a la Nada todo su poder, erradicando todo el conocimiento acumulado por el ser humano en comunión con aquella civilizaciones perdidas.

Así, en 1582 la Inquisición española impuso sanciones a las universidades que se dedicaran a impartir astrología y nigromancia como asignaturas formales. Tres años más tarde, el papa Sixto V promulgó una bula que condenaba rotundamente todas las modalidades de adivinación, astrología, encantamiento, brujería y hechicería. Y en el Concilio de Malinas de 1607 se dictó otra taxativa condena contra la astrología.

A partir de ese momento, la astrología cayó en desuso, y quedó en manos de los mal llamados videntes y brujas (la astrología nunca fue un método de adivinación), y se ridiculizó el carácter académico que siempre tuvo para acabar siendo pasto de los oportunistas, los charlatanes y otros individuos de baja moral capaces de aprovecharse del mal ajeno.

A día de hoy, debido a ese denodado y sistemático ataque, la astrología está representada por personas enjoyadas y polioperadas, adictas a los rayos UVA, las fiestas en Marbella y los reality shows de televisión, que mantienen negocios de subsistencia con extranjeros que apenas pueden pagar el alquiler del piso, donde atienden a personas desesperadas en busca de una respuesta escondida en las cartas del Tarot.

La iglesia católica, una vez más, destruyó un conocimiento antiquísimo, exquisito y pleno de rigor científico, para dejarlo en manos del ego, del ridículo y de la mala prensa.

Quizás hace veinte, treinta o cincuenta años, hubiera tenido sentido creer a una institución que “velaba por el espíritu”. Pero hoy, abrumados por certezas innegables como la precisión de los cálculos astronómicos encontrados en las pirámides egipcias y mayas, debemos rendirnos ante la evidencia: la influencia de los astros en nuestras vidas es un hecho.

Pero, ¿cómo podría afectar la posición de los planetas y las estrellas a nuestro destino? ¿De qué forma podría influir el Universo en un pequeño microcosmos como es el cuerpo del ser humano?

Hace muchos años me planteé la misma incógnita que el físico Nassim Haraemein, cuando hablaba de la constitución del Universo, de su naturaleza fractal. Hace cosa de unos veinticinco años, charlando con mi tío, me dijo: “de la misma forma que nosotros miramos las células a través de un microscopio, ¿quién te dice que no nos están mirando a nosotros a través de otro más grande?” Y, entonces, comencé a pensar en cómo mi cuerpo se constituía por átomos, centros formados por protones y neutrones de carga positiva alrededor del cual gira una energía negativa formada por electrones. Estos ínfimos entes energéticos se agrupan para formar moléculas que también poseen un centro, y las moléculas se agrupan para formar células…

… que también tienen su propio centro.

Billones de células crean el cuerpo humano, el cual tiene un Centro, el corazón, que hace circular la energía a través de todo el sistema circulatorio. Y si seguimos haciendo macroscopia, veremos que miles de millones de seres humanos constituyen un gran cuerpo, la Tierra, conformando una consciencia global cuyo origen reside en el Centro de la Tierra. Ésta, a su vez, orbita alrededor de su propio Centro, el Sol, que sostiene sus propios cuerpos compuestos de seres, esto es, los planetas y planetoides que giran a su alrededor.

Desde esta perspectiva tenemos un sistema solar, réplica perfecta de un átomo, que gira alrededor de otro gran sistema, nuestra galaxia, la Vía Láctea, contenedora de millones de sistemas solares que funcionan como esos millones de células que componen nuestro cuerpo y que giran en torno a Alción, el Centro de nuestra galaxia. Por supuesto, el Universo es infinito, curvo, así que millones de galaxias como la nuestra giran en torno a un Centro desconocido para nosotros que, a su vez, constituirán el Centro de otro ingente sistema que girará en torno a otro… Y así hasta constituir la enormidad del Uno, el Todo, donde todo existe y donde todo se contiene, siendo todo la misma cosa.

El Universo, por tanto, el campo cuántico donde existimos, es una energía adimensional que se dispone fractalmente: todo es una réplica en sí misma del Todo, lo que explica que el átomo sea una versión fractal exacta de un sistema solar, o de una galaxia. Ese inmenso campo cuántico contiene, en el mismo plano adimensional, todas las versiones fractales de la Vida, pero es la vibración de la energía lo que “separa” sus formas.

Pongamos un ejemplo básico: una cebolla (alimento que los mayas no comían porque pensaban “era una imagen del mundo”), tiene la misma estructura en su capa 1 y en su capa 10. De la misma forma que las muñecas matrioskas, el Todo contiene Todo, así que la energía que vibra a mayor velocidad “contiene”, “engloba”, “está compuesta” (las palabras a veces no son suficientes) por la energía que vibra a frecuencias inferiores.

… lo que explica el gran paradigma de la secuencia de Fibonacci, el porqué de la proporción aúrea en todas las formas de la Naturaleza: la energía que parte de la Nada en espiral engloba a la energía que la precede, siendo la última suma de las dos anteriores.

Es decir, la capa 4 de la cebolla tiene un perímetro y una masa exactamente igual a la suma del perímetro y masa de las capas 2 y 3.

Lo que mantiene unida esa energía es la vibración, como ya hablé en este enlace sobre por qué un electrón separado de un átomo sigue vibrando a la misma frecuencia que el resto, aunque mantenga una distancia de millones de kilómetros: todo se contiene en el Todo, y las capas de cebolla no son más que la disposición vibracional, donde la energía más alejada del Centro vibra en una mayor longitud de onda pero sigue anclada y recibe la forma de ese Centro.

En una escala ínfima, los seres humanos parten de su propio Centro, el que posee el planeta Tierra, y su vibración está anclada a la resonancia de dicho Centro. Por supuesto, no sólo estamos influidos por la vibración del centro de la Tierra, ya que ésta se encuentra condicionada por el orden gravitacional (gravedad que surge de las dos Fuerzas contrapuestas) del Sistema Solar: cada planeta tiene un tamaño concreto debido a la energía con la que fue formado, y esa energía responde a su centro vibratorio. De hecho, el Sistema Solar posee un equilibrio concreto gracias a la disposición de sus planetas y planetoides: si Júpiter poseyera una menor densidad física y gravitacional y, por tanto, vibratoria, se generaría un conflicto de fuerzas que acabaría con todo el sistema solar (y, seguramente, todos los planetas serían absorbidos por la gravedad solar).

Como dijo en su día José Carlos, mi profesor de física en EGB, el sistema solar se convertiría en una pista de cochecitos de choque.

Así pues, todos los planetas se comportan, debido a su resonante centro, en potentes centros gravitacionales. En imanes. Las ondas electromagnéticas que brotan de estos sistemas son la forma de propagación de la radiación electromagnética, que es una combinación de campos magnéticos y eléctricos oscilanates correspondientes a la fluctuación de la fuerza yin y a la fuerza yang (que, combinadas, pueden representar la luz, el calor, las ondas de radio o los rayos X), en un amplísimo espectro de longitudes de onda que siempre genera el mismo recorrido fluctuante.

Es decir, la fuerza electromagnética de cualquier sistema posee la estructura del toroide, de la cebolla:

Así pues, llegamos a la conclusión de que todo el Universo es un potente imán, un campo electromagnético alrededor de cuyo Centro vibra toda la energía en diferentes longitudes de onda, y esa vibración posiciona a la energía de una forma concreta.

Un simple desequilibrio en un planeta provocaría cambios en el resto del Universo.

Esta influencia de Todo en todo puede detectarse a pequeña escala en la fuerza atractora de la Luna sobre los océanos, lo que provoca una bajada de la marea cuando hay luna llena. Y aquí llega el problema, debatido en Cuarto Milenio el pasado domingo con Vicente Cassanya como invitado, sobre la posible influencia de los astros sobre la vida humana.

Desde luego, los astros influyen magnéticamente en el resto del sistema, ya que éste se mantiene gracias a un Centro gravitacional que todo lo une. Sin embargo, la influencia que resulta de estudiar la posición de los astros más cercanos como son la luna, Júpiter o el Sol únicamente ofrecen pequeños matices sobre nuestros designios; ínfimas influencias para un ser humano. Por poner un ejemplo, un bebé de 5 kg será elevado por la luna llena con una fuerza de 0,000167 Newtons. Ni siquiera unos microgramos. Y si hablamos de Júpiter, la fuerza disminuirá hasta 0,000000165 Newtons, cuando la propia Tierra con su fuerza de gravedad lo estaría atrayendo con 49 Newtons.

La influencia, irrisoria, muestra sin embargo la fuerza determinante de Júpiter o el Sol, determinados por la Vía Láctea y, a su vez, influidos por billones de estrellas mucho más grandes que el Sol. Con esto quiero decir que aquello que no alcanzamos a ver nos influye decisivamente. Y su potencia electromagnética es mucho más poderosa de lo que imaginamos:

La Tierra, como decía Carl Sagan, no es más que un ínfimo punto azul en un ínfimo rincón de nuestra galaxia, que se encuentra en un ínfimo sistema rotacional del infinito Universo.

Y en ese Centro, en esa mínima existencia, fluye reflejo de la posición del Cosmos, comenzando por la cercana visión de los planetas de nuestro Sistema Solar, toda una danza de planetas y estrellas… precisamente lo que somos. Vemos a la fluctuación que nos mueve, aunque nosotros seamos inconscientes de ello.

El mundo que vemos, los astros que se mueven como tuercas de tu mecanismo interior ahí arriba, es el reflejo de lo que somos. La Oscuridad es el misterio que cada uno lleva en su interior, reflejando su propio  camino.
El Cosmos es la proyección electromagnética de nuestro subconsciente.
Por eso soy amante de la astrología, y por eso considero que debe volver a la educación, y estudiarse en las Universidades. Sería una forma de devolvernos, a cada uno, a nuestra verdadera escuela: el Ser interior, reflejo del Ser Superior.

Un pensamiento en “Conectados astrológicamente con el Universo”

Tu comentario, aquí. Consultas, sólo en Encuentros.