11 maratones contra el ego

“Para superar algo en esta vida
tienes dos opciones:

correr o leer.”
Will Smith

 

Otro paso. Otro paso más. Otro doloroso paso bajo este sol que acuchilla mis hombros y hace arder el asfalto. Otro paso más que me quema las rodillas y me impide pensar con claridad.

Alzo la vista. El kilómetro 42 está cerca. Apenas unos minutos.

Quien ha corrido una Maratón reconoce el dolor que estoy describiendo. Quien ha corrido alguna vez 42,195 kilómetros, sabe lo que se siente, lo que duele la fatiga, el cuerpo exhausto.

Sabe cómo sufre el ego, desgarrándose y desangrándose con cada zancada en dirección hacia la meta.

Lo cierto es que no siempre mis Maratones han sido dolorosas; en algún momento en el tiempo aprendí a relativizar, a dejar de sufrir, a sonreír.

En algún momento en el tiempo, a lo largo de los últimos 10 años, aprendí a cambiar aquel discurso de “no puedo más”, “no sé qué hago aquí”, “quién me manda”, “no vuelvo a correr el próximo año”, “esto no puede ser bueno”, “tengo que parar ya”, “las promesas para otro, yo soy incapaz”, en algo así como: “todo está en tu mente”, “es fácil, lo vas a conseguir”, “sonríe, está hecho”, “cada vez queda menos”, “no te preocupes, todo es para bien”, “¡adelante!, fuerza!”.

Con la perspectiva del tiempo, entendí que durante diez años conseguí dominar a mi ego y no sólo en la prueba final, sino durante la preparación. La gente suele pensar que correr 42 kilómetros es propio de héroes y, a decir verdad, el día de la Maratón es prácticamente un paseo. Un paseo agradable con buen clima, apoyo y una gran recompensa final en forma de comida con los amigos.

No, el problema no es correr 42 kilómetros que, a día de hoy, ya puedo decir que es, relativamente, fácil sino entrenar durante meses cientos y cientos de kilómetros; madrugar, llegar tarde a casa, pasar frío, sufrir lesiones.

Fue a lo largo de todos esos años como aprendiz de maratoniano cuando pensé que el sacrificio diario era lo que estaba dominando a mi ego. Estaba sentando las bases de la fuerza de voluntad que, más tarde, me ayudaría en muchos otros propósitos.

Pero, ¿por qué empecé a correr?


El duelo y mi comienzo como 
corredor

Hacia finales de 2001 sufrí mi primer duelo. La mujer con la que había proyectado mi futura vida me abandonaba, y mi mundo se derrumbaba hasta el punto de aparecer esa angustiosa negrura que todos sentimos al estar deprimidos. Una negrura que evidenciaba mi dependencia de una fuente externa y que anulaba a mi capacidad para decidir.

De dirigir mi existencia. Una dependencia emocional que me convirtió en un incapacitado de los pies a la cabeza.

Conocía mi trabajo, sabía hacer muchas cosas, había viajado, conocía algo de mundo… pero lo que yo pensaba, el autoconcepto que yo manejaba era algo así como: “Carlos, sin esa mujer no vales nada”.

La ruptura, por supuesto, me llevó a creer que yo no era nada, y cuando digo nada es una nada absoluta. Un vacío existencial tan abrumador que muchas veces preferí morirme antes que seguir en pie viviendo una vida insulsa, insustancial, absurda en muchos casos. Una vida que había construido con etiquetas falsas, conceptualizada de forma errónea, una vida de mentira fundamentada en la ausencia de energía en mi interior.

Necesitaba una fuente de energía a la cual depredar, de la cual absorber hasta la última gota.

Por eso cuando mi relación puso de manifiesto mis carencias, mi incapacidad para crear energía por mí mismo, mi absoluta dependencia de una fuente externa, cuando para salir adelante necesité un Amor que reemplazase al Amor de la Madre, y caí en ese oscuro abismo que era mi mente desprovista de energía no tuve más remedio que ponerme manos a la obra y crear mi propia energía mental.

Tuve que crear mi propia Luz.

Cuando pasé tiempo a solas, conmigo mismo, iluminé rincones que jamás había iluminado. Descubrí entonces cuántas Represiones había en mi interior. Cuánto rechazo había creado hacia mi propia Vida y cómo, para huir de ese rechazo, había buscado una fuente externa, una fuente que me Amara incondicionalmente porque yo no era capaz de hacerlo.

Comprobé que sólo así, obteniendo Amor a pesar de hacer cosas que yo no aprobaba en mi Ser, consiguiendo que alguien Amara todos esos aspectos de mí que no me gustaban, podía seguir adelante.

Mi energía se había mantenido vibrando en una discreta frecuencia que, por supuesto, aún me seguía conectando con todos los objetos de mis propias Represiones.

Seguía conectando con todos mis rechazos.

Todas esas Represiones que habitaban en mí, Represiones sepultadas en mi subconsciente y de las que jamás había sido consciente configuraron a un ser vulnerable, lleno de miedo, y no tuve más remedio que huir de él. Tan sólo negaba, de forma sistemática, todo contacto con mi realidad, y seguí viviendo cómoda y plácidamente en mi propio mundo alimentado por el Amor de otra persona; evitando miedos de los que no era consciente y de los que me quería alejar a toda costa, construyendo mi destino: aquellas Represiones inoculadas por mis padres, mi familia, mis educadores, mis allegados, parametrizaron mi camino. Le dieron forma.

Y yo acabé en el lugar exacto en el que debía estar gracias a todo ese miedo creado entre unos y otros, conectando con personas, situaciones y cosas de las cuales dependía y a las cuales me aferraba dolorosamente…

… a pesar del mal que generaba esa dependencia que no era otra cosa que falta de conocimiento interior.

Al rechazarme, huía de mí, y al huir de mí desconocía mi interior. Por eso cuando sufrí el duelo no tuve más remedio que enfrentarme a ese interior, iluminarlo con mi propia energía, encender mi cerebro como si fuera una lámpara, tal y como decía Plutarco.

Y, por supuesto, entendí por qué había caído en aquella tremenda depresión: el camino que tenía por delante era difícil, costoso, eternoEl camino que tenía por delante se basaba, única y exclusivamente, en gastar energía, mucha energía.

Debía concentrarme en mis propósitos sin apoyarme en nadie, sin depender de nadie, sin ser ayudado por absolutamente nadie.

Y, de forma natural, supongo que por haber existir en mí desde hacía mucho tiempo, quizás de otras vidas, conecté la superación física con mi superación personal.

Y decidí salir a correr.


Mis primeros pasos

Siempre tuve constitución atlética, pero la mayor parte de mi musculatura es fibra blanca, es decir, fibra que no necesita de mucha oxigenación y, por tanto, anaeróbica. O, para entendernos, fibras musculares explosivas, de rapidez, la que tienen los velocistas.

La fibra muscular roja, la aeróbica, es propia de esos maratonianos delgaditos que pueden estar horas y horas corriendo sin despeinarse; yo, por el contrario, era una mole de 85 kilos que podía esprintar en 100 metros dejando atrás a cualquiera…

… pero me costaba mantener un ritmo bajo durante más de cinco minutos.

Y así empecé: con cinco minutos. En una cinta de gimnasio.

Aquello me costaba hasta el punto de querer abandonar definitivamente mi camino hacia mi superación personal, de tirar la toalla… pero enseguida recordaba, supongo que inconscientemente, que mi cerebro necesitaba crecer, desarrollarse, crear energía por sí mismo, y seguía dando zancadas.

Cinco minutos, ocho, diez, quince, veinte… Y cuando llegué a veinticinco minutos, aburrido de la cinta y necesitado de correr por aquella soleada primavera de 2002, salí a la calle y corrí durante media hora. Y en una de aquellas carreras me topé con Javier, un viejo compañero de colegio con el que comencé una bonita amistad salpicada de carreras diarias.

Gracias a él alcancé, una sofocante tarde de junio, aquel maravilloso mito que siempre me había dado vueltas a la cabeza: la hora de carrera. Llegué a 60 minutos (creo recordar que hice algo más, unos 70) y aquello, sencillamente, me elevó.

Me sentí por encima del mundo, de mis problemas, de mi dolor, de mis incapacidades, de mi pasado. Sentí que había dado la vuelta a la tortilla, que la depresión se había terminado, que había doblegado a toda esa carencia que arrastraba desde pequeño.

Aquella tarde crecí y marcó una nueva etapa en mi vida. Y decidí que al año siguiente, en 2003, correría mi primera Maratón.


La Maratón: el gran reto

El último domingo de abril de 2003 comenzaba mi primera carrera de 42 kilómetros. Mi amigo Javi se había lesionado y yo estaba sólo, asustado, aterrorizado. ¿Y si me pasaba algo? ¿Y si tenía que abandonar en mitad de la carrera? ¿Y si no completaba aquel descomunal recorrido por la capital?

Que mi amigo se lesionara fue otra de esas Señales, otra de esas causalidades (que no casualidad) que la Vida puso para mi propio desarrollo personal.

La Vida, en aquel momento, me enfrentó al miedo como pocas veces lo había hecho, y aquella carrera fue el colofón, la guinda de meses y meses de entrenamiento que habían abierto la puerta a mi nueva realidad. Una realidad que me decía que no estaba solo, que podía apoyarme en el mundo, depender de él pero no exclusivamente de él. Creando mi propia energía gracias a las vibraciones que recibía, trabajando en mi propio camino, el mismo que me llevó a tomar, un año más tarde, un avión rumbo a India.

¡Parecía que todo marchaba bien en mi desarrollo personal, lo estaba consiguiendo! Todo aquel entrenamiento, aquella primera maratón y todas las que llegaron después, me habían convertido en una persona autosuficiente, autodependiente, desapegada de muchas formas, de muchas personas, situaciones y cosas a las que me había apegado de forma férrea e inamovible durante mi infancia y mi juventud.

Con el paso de los años, la Maratón pasó de ser una dolorosa tortura a un fortalecimiento de mi autoconcepto.

A medida que los años pasaban, que los cientos de kilómetros se acumulaban en mis articulaciones, y las lesiones iban y venían construyendo mi cuerpo con cada meta superada, me di cuenta de que cada vez prescindía más y más de todas aquellas cosas a las que me sentía apegado y que me producían dolor.

Gracias a aquellos esfuerzos me di cuenta de que estaba capacitado para soltar estructuras externas, no depender de las personas para mi propia Felicidad, no depender de cosas para sentirme bien. Y con cada desapego sufrido elevaba mi frecuencia de vibración… y comprendía que aquellas oscuridades, aquellas sombras que debía iluminar, como dice Pablo d’Ors, no eran tan feroces, ni tan abismales, ni tan peligrosas.

Me había convertido en un habilidoso náufrago capaz de sobrevivir con pocos recursos; de encender un fuego y prepararme una suculenta mariscada en una isla desierta que, a pesar de la soledad, se había convertido en mi propia casa.

Sin embargo, aquella deliciosa sensación de sentir mi propia autodependencia, aquella impetuosa escalada hacia mi superación personal iba a ponerme, años más tarde, seriamente contra las cuerdas.


La aceptación de lo que siempre fui

Si eres deportista como yo, siento frustrarte: en realidad, nunca hubo ningún tipo de superación personal. Durante aquellos años de entrenamiento, de interminables entrenamientos y sufridas dietas tan sólo había ocultado mi ego, mis miedos.

Mi realización personal había ganado muchos puntos y ya no dependía tanto de una pareja; de hecho, el puesto de trabajo más cotizado al que jamás tuve ocasión de acceder lo había logrado estando soltero. Creo que llegué a un punto en el que me valía por mí mismo… sin embargo mi destino estaba muy lejos de trabajar para el negocio de otra persona, así que cuando forjé mi propio camino, cuando empecé a creer en mí mismo me di cuenta de que aquel trabajo lo había conseguido gracias a una relación de apoyo, cariño y comodidad, pero no de Amor.

Aquel despertar a mi propio trabajo, al de escribir y dirigirme a los demás no tenía absolutamente nada que ver con aquella relación que había comenzado con mi miedo a la autodependencia, con mi huida hacia delante buscando un puesto de poder en un gabinete de comunicación.

Me di cuenta de que con todo mi trabajo de superación tan sólo había ocultado lo que yo era pero seguía dependiendo de otra persona para hacer realidad mi sueño. Mi falta de Amor se volvía a hacer patente, evidenciándose de forma cruel.

Y eso hizo que se rompiera mi relación.

A partir de ese momento comencé a descubrir el verdadero Amor por mí mismo. Descubrí lo que se siente al estar desprotegido y desvalido, sin un madero al que agarrarse tras el naufragio, sin la comodidad de vivir en un entorno fácil y cómodo como es el de no tener que preocuparme de mi propio negocio, mi subsistencia. Sin depender de nadie.

Tras mi derrumbe emocional en 2002, había conseguido adaptarme durante años a la sociedad por mis propios medios pero, ¿sería capaz de enfrentarme a mí mismo y no a los esquemas sociales preconcebidos que todos intentamos cumplir?

¿Sería capaz de vivir de mi sueño, siendo un escritor alejado de la seguridad, el costumbrismo y la certidumbre?

Aquella nueva ruptura supuso el mayor de mis desafíos, y fue entonces cuando entendí que no había conseguido la Felicidad al intentar desapegarme. No era feliz forzándome a cumplir tiempos, traspasar metas, escalar puestos ni mantener a flote una reputación. Había trabajado únicamente para sorprender a los demás, no a mí; había trabajado para ocultar lo que yo era a ojos de los demás. Intentaba tapar todas aquellas cosas que no me gustaban de mí a base de gimnasio, de perfección laboral y de proyección en el mundo.

Estaba agotando mi caudal de Vida, para ver que mi Felicidad apenas empañaba el suelo de mi casa.


Los niveles de dependencia

Entendí, entonces, que todo lo que había llegado a mi vida, todo aquello que tenía en mis relaciones, en mi familia, en mi trabajo, todo lo que me enfrentaba a ciertas personas, situaciones y cosas se debía a la programación de mi ADN, a la Resonancia de mi ADN, a esa sintonía especial que irradia vibración desde el Punto Cero, convirtiéndome en esto que soy.

Esa sintonía, la que por mi educación no acepté y me llevó a conectar con todo aquello que rechazaba, esas particularidades que no fueron aceptadas por mi educación me llevaron a desequilibrar mi cuerpo y mi mente, generando señales electromagnéticas incoherentes.

Señales de conflicto, procedentes de mi corazón sintiendo una cosa, y mi cabeza, increíblemente bien instruida, dictando otra. La educación a la que somos sometidos, diciéndonos: no airees tu ego, y así caerás bien a los demás.

Aquel fue el comienzo de mi aceptación. Aceptar lo que yo era sin forzarme a estrambóticas superaciones personales ni místicos desapegos. Yo era Carlos Burgos, no un Buda iluminado, ni un Ser ascendido, ni alguien especial entre el resto de los mortales.

No debía, por tanto, parecerlo, alcanzarlo, ni siquiera desearlo.
Como decía Sancho Panza, “yo soy, como soy”.

Desde entonces, no me fuerzo. Y no intento que las personas se fuercen a ser alguien que no son. Ya no busco que se corrija ni expíen sus pecados, porque es algo que no hago conmigo.

Los seres humanos somos una manifestación física, una densificación de energía que mantiene un Yin y Yang, un vaivén correspondido con su longitud de onda. Es decir, poseemos un vaivén de energía que se produce en tanto en cuanto nuestros deseos generan Karma y hacen vibrar la materia. Esa vibración, por ejemplo el deseo de tener un coche infiere en la materia, haciendo vibrar numerosas causas como la existencia de personas, recursos materiales y actividades dedicadas a la fabricación de un coche.

Toda esa vibración que desarrollamos con nuestra actividad mental nos es devuelta, tal y como lo hace el agua cuando la agitamos con nuestras manos y se expande en círculos, rebotando por las paredes del estanque y volviendo, un tiempo más tarde, hacia nosotros.

La Ley del Karma: toda causa se empareja a su efecto

Ese vaivén de energías positivas y negativas que generamos con nuestra actividad mental se eleva en tanto en cuanto más complejos sean nuestros deseos; cuanto más profusos sean nuestros fenómenos compuestos, cuanto más difícil sea nuestro reto más sufriremos su consecución. De ahí que las personas egotistas generen un altísimo Karma de deuda por sus necesidades no satisfechas, por sus egos insaciables, manteniendo una constante dinámica de ganar y perder.

Ese vaivén, ese ganar y perder al que no acabé de acostumbrarme y dejé de tolerar, esos deseos inalcanzables, retos insuperables y metas infinitas estaban creando una rutinaria ganancia/pérdida que no me hacía feliz.

Y yo quería, como todos queremos, ser feliz.

Por eso, cuando desperté de mi depresión empecé a desapegarme de aquellas cosas que ya me habían hecho suficiente daño. Y lo hice porque estaba ahogado. No podía tolerarlas durante más tiempo. En el pasado había insistido, me había forzado a seguir en esa relación, había sacrificado mi salud por ese trabajo indeseable, me había embarcado en una insufrible dieta para conseguir no sé qué aspecto…

… pero todo aquello me había ahogado, tal y como narro en una de las fábulas de encuentra tu Expresión:

Llegó cierto día un alumno a consultar a un venerable sabio. Alguien que era tomado por todos como una persona de sabiduría y paz casi infinitas.

–Maestro… querría hacerte una consulta.
–Adelante, hijo, pregunta lo que quieras.
–No sé si mi vida me satisface. No sé si estoy haciendo lo que debo. Quiero cambiar.
–¿Deseas cambiar? ¿Cambiar tu vida?
–Sí, deseo cambiar porque no soy feliz.
–¿Cómo es de grande tu deseo de cambiar?
–Enorme, esto es lo que me ha hecho visitarte.

Entonces, el Maestro le condujo a un pequeño estanque de agua y le dijo: «mete la cabeza ahí.» «¿En el agua?», repuso el alumno. «Sí, en el agua», respondió el maestro.
Entonces, cuando el alumno tuvo metida la cabeza en el agua, el maestro le sujetó por el cuello y le tuvo así por un tiempo. El alumno comenzó con algunos aspavientos, cada vez más rápidos y angustiosos.

Pasados unos interminables segundos, el Maestro sacó la cabeza del alumno del agua.

–¿Cómo te sientes?
–¡Ahogado! ¡No podía respirar! ¡Casi muero dentro del agua!
–¿Es así como te sentías en tu vida?
–¿Cómo?
–Que si así es como te sentías… ahogado y tan necesitado de aire como para querer cambiar… Porque si no es esa la urgencia que te lleva a querer dar un salto, jamás lo darás con firmeza.

Comprendí entonces que el desapego no se debe forzar. No hay que crear la perfección en nuestros cuerpos ni en nuestras mentes, sino aceptar lo que somos, dar rienda suelta a lo que sentimos, y experimentar el fruto de nuestras acciones mientras no sintamos el ahogo del estancamiento.

El estancamiento de nuestra energía.

Es decir, hacer lo que sintamos y experimentar lo que venga mientras no sintamos que necesitamos huir de ello. Lanzarnos a esa relación, a ese viaje, a esa situación prohibida si es lo que deseamos, sabiendo que corremos el riesgo de encontrarnos con la Verdad: que nuestros deseos generarán una vibración, una fluctuación que traerá más adelante, indefectiblemente, expectativas no cumplidas y, por tanto, sentimiento de pérdida.

Como todos los demás, yo también soy dependiente de mi gente, de mi trabajo, de algunas herramientas que utilizo en mi día a día. Sin todas ellas, no obtendría la energía suficiente para seguir viviendo en mi propia búsqueda de la Felicidad, haciendo lo que creo que he venido a hacer a este mundo.

Es posible que esas herramientas no acaben cumpliendo mis expectativas porque todas ellas son perecederas, y algún día acabaré perdiendo su intensidad o su integridad, pero he decidido trabajar en lo que considero que me hace Feliz el mayor tiempo posible, haciendo Felices a otras personas durante ese tiempo, utilizando los medios de los que dispongo.

El resultado de esa actividad, que no es sino la pérdida, es el resultado de nuestros deseos al que todos deberemos enfrentarnos en algún momento, así que tomé la decisión de cumplir con la programación de mi ADN y mantenerme feliz a medida que me desapegaba de las personas, situaciones y cosas, siendo feliz con ellas y sin ellas.

No se trata, por tanto, de que te fuerces a huir de tu Naturaleza. Esa huída habla de tus rechazos y, por tanto, conectarás con todo aquello que rechazas. Seguramente, y tal como a mí me pasó, en un intento por elevarte de esa huida, huir de lo que eres y todos somos, te embarcaste en complejos y profusos retos que te llevaron a dolorosas situaciones que te es imposible aceptar, al menos en este momento.

Por eso, si de verdad deseas evolucionar no se trata de que te conviertas en vegetariano de la noche a la mañana o de que medites en postura zen, de cara a la pared, durante horas. No se trata de que mortifiques tu cuerpo con todo tipo de privaciones y censuras, como hace la Iglesia católica con sus miembros y fieles, Reprimiéndoles actitudes, como la necesidad sexual, que están en su Naturaleza.

Si de verdad deseas evolucionar, acepta lo que eres y vive el fruto al que te enfrentas. Si no estás preparado para aceptar el dolor seguirás insistiendo en ese perfil, seguirás durante mucho más tiempo en esa relación, en ese trabajo, junto a esa persona… Seguirás con la cabeza debajo del agua porque lo que necesitas para cambiar es sentir que estás a punto de ahogarte. Y si eso no está sucediendo en tu vida te será imposible cambiar de rumbo, pasar de página, romper tu relación, mudarte de casa, hablar con tu jefe… cambiar el libro.

Mi consejo es que insistas hasta que estés ahogado, y cuando ya no puedas más, cambia. No cambies porque lo dice un libro, o porque yo te lo he contado: nadie escarmienta en cabeza ajenaDespués de diez años en los que mi cuerpo ha recorrido miles de kilómetros, entiendo que ningún camino hacia la superación personal me ha conducido hacia la Felicidad. Si soy Feliz no es por haber conseguido ciertas metas, sino por haber sido capaz de aceptar las pérdidas que se generan al buscar esas metas.

Desde entonces mi competitividad y mi ego cayeron bajo mínimos, y mis necesidades dejaron de ser tan frecuentes y apremiantes, para pasar a un discreto segundo plano.

Un plano que refleja la longitud de onda de mis pensamientos. Una longitud de onda, un vaivén que, aunque aún existente, está mucho más atenuado y no me devuelve un oleaje tan cargado de problemas como antes. Como dice el proverbio chino: si eres paciente en un momento de ira, escaparás a cien días de tristeza… aunque, paradójicamente, necesitarás vivir la tristeza para desapegarte de tu ira.

Tú decides, por tanto, qué hacer con tu ego; por mucho que luches contra él, lo único que conseguirás será toparte con aquello que rechazas. No está la recompensa en la meta, sino en el camino. No está la gloria en la llegada, sino en cómo aprendes a sortear los obstáculos. Recuerda, siempre, que tus Represiones atraerán sus Expresiones. Recuerda que encontrarás personas, situaciones y cosas que pondrán de manifiesto que huyes de tu cuerpo, de tu mente, de tu entorno, de tu familia, de tu existencia.

El mundo se convertirá en un espejo de tu huida, reflejando una imagen de alguien que corre hacia una meta que jamás llega.

Por todo ello, acéptate, Ámate.
Si lo haces, tu mundo cambiará para siempre.

5 pensamientos en “11 maratones contra el ego”

  1. En el párrafo precedido por el título “La Maratón: el gran reto”, en una de las últimas líneas, ¿está escrito así a conciencia?

    “(…)fue otra de esas Señales, otra de esas casualidades (que no causalidad) que la Vida puso(…)”

Tu comentario, aquí. Consultas, sólo en Encuentros.